El cofre

Antiguamente en estas cajas, con tapa y cerradura, se guardaban las cosas de valor. Si habéis abierto la cerradura de este cofre probablemente no encontréis nada de mucha valía. En él sólo hallareis mis escritos eróticos. Unos ciertos otros inventados. Pero todos creados con el mismo propósito: despertar el deseo y, quizá, la lujuria de nuestros sentidos.







martes, 1 de mayo de 2012

Un europeo en la isla de Shikoku (III y última parte)


Estoy mirando las manecillas del reloj, esperando la cena, cuando se desliza la puerta. Maiko coloca un carro de aluminio junto a mi cama. En él hay una bandeja de toallas enrolladas, una caja de guantes de plástico, un recipiente con agua y distintas botellas y jabones.

Tras una pausada inclinación de cabeza, sus ojos anuncian la hora del baño. Incrédulo la veo desabotonar con sus finos dedos mi camisa del pijama. Me incorporo para que pueda quitarla. El abundante vello de mi ancho pecho la sorprende, lo contempla con curiosidad antes de presionar delicadamente sobre los hombros para tumbarme. Me estremezco al tacto de su piel. Lentamente se ajusta los guantes de plástico, coge una de las toallas húmedas de la bandeja y empieza a frotarme el cuello, el pecho. Levanta mis brazos, los frota primero por delante luego por detrás. Me incorpora de nuevo para lavarme la espalda. Al hacerlo su pecho se apoya sobre mi hombro izquierdo, rozo la agradable dureza de su sujetador. Nuestros cuerpos están pegados igual que mi nariz a su nuca, aspiro y me impregno de su aroma a manzanas verdes.
Me tumba y con destreza me despoja del pantalón del pijama. Con una toalla seca del carro cubre mi abultado calzoncillo, luego introduce las manos por debajo de la toalla y me quita los calzoncillos que pliega escrupulosamente y deposita en la mesita. Sus ojos negros, profundos, observan la toalla izada sobre mi sexo. Sin poder evitarlo mi miembro la golpea sacudiéndola. Coge otra toalla húmeda, tibia y la aplica al muslo derecho. El tamaño de mi polla aumenta. Por unos segundos la mira atentamente. Entonces se gira y corre las cortinas verdes de la pared. Quedamos aislados. Sin saber porqué mis labios suspiran Maiko. Al oírlo se quita los guantes con la misma lentitud que se los puso.
Sin ellos me lava los pies, los muslos y las ingles con tanta sutileza que temo eyacular. Cuando sus dedos rozan mis testículos mi polla brinca varias veces bajo la toalla, al verlo sonríe. Los roza de nuevo y vuelve a brincar. Despacio inicia un ligero masaje. Tiro de la toalla que me cubre y aparece mi polla. No aparta sus ojos negros de ella hasta que al fin la acaricia. Lo hace con el mayor cuidado como si fuera algo sagrado. Expulso un hilo espeso y brillante de esperma. Con sus dedos lo esparce en círculos sobre mi glande descubierto. Siento su aliento. Desliza una lengua pequeña y sonrosada sobre el glande amoratado. Golpea y succiona hasta que lo engulle en su boca. Estiro mi brazo y lo introduzco bajo su bata, acaricio una nalga dura como una fruta verde. No puedo contenerme, una descarga caudalosa inunda su boca. Estremecido y erizado veo como con sus dedos recoge el poco semen que ha quedado en sus labios para lamerlos. Me limpia la polla con la toalla húmeda, me viste con esmero y después se inclina dos veces a modo de saludo. Descorre las cortinas y se aleja con el carro.
Veo alejarse los finos elásticos de su pequeña ropa interior, el rostro arrugado del abuelo sonreír complacido, un despejado y claro cielo azul a través de la ventana, y pienso colmado de placer que aun dispongo de cuatro días en el hospital de Shikoku hasta que llegue mi tanabata.


Fresh. Mick Payton


domingo, 15 de abril de 2012

Un europeo en la isla de Shikoku (II parte)

Acabo de darme cuenta que uso un pijama de cuadritos celestes que no es mío y que mi cuerpo huele a jabón, diría que a un jabón de almendras o quizá de avellanas, cuando susurra la puerta de la habitación. El reloj de la pared de enfrente marca las doce del mediodía al entrar una enfermera menuda, de cara circular y pantorrillas abultadas arrastrando un carro con el almuerzo. Primero sirve al abuelo, después, previo respetuoso saludo con la cabeza, coloca sonriente mi comida sobre una mesa auxiliar de ruedas. Pienso que me sería de ayuda recuperar el diccionario de japonés, la guía y mi diario, así que con toda clase de gestos intento averiguar si tienen mis pertenencias. Con mucha atención contempla mis aspavientos, luego interpela al abuelo que come con sus palillos una sopa de fideos a una velocidad prodigiosa y tras una nueva inclinación sale a pasos cortos y trastabillados de la habitación. Al ver que ni siquiera he abierto las fiambreras, el abuelo, en un intento de animarme a comer, se lleva graciosamente los palillos a la boca y dice tabeyou, tabeyou.

Quizá por el dolor, la irritación o por el desánimo quedo adormecido mirando el cielo nublado de tonos grises a través de la ventana. Una suave voz femenina me despierta.
Una enfermera está limpiando con una toalla el cuerpo arrugado del anciano que permanece inmóvil y desnudo a excepción de otra pequeña toalla que le cubre el sexo. Al verme, con una gran sonrisa infantil, el abuelo agita su brazo en forma de saludo. Hasta mi cama llega el aroma del jabón, huele a almendras o quizá a avellanas. Mis ojos siguen la cadencia rítmica de aquella joven, admirando la dulzura de sus movimientos y el cuidado que aplica al vestir al abuelo. Por un momento la joven se gira hacia mí y hace una serena inclinación. Es una joven bellísima. Al irse entreveo los elásticos de su pequeña ropa interior a través de una bata blanca como el azúcar.
Al poco regresa con la cena. Una vez atendido el abuelo avanza con pasos firmes y ligeros hasta mi cama donde yo me agito. Inclina la cabeza muy despacio, me mira con unos profundos ojos negros y ronronea un suave konnichiwa al entregarme el diccionario de japonés, la guía y mi diario. Jamás escuché voz tan dulce. Turbado, tartamudeo un arigato, arigato de marcado acento europeo. En sus labios se perfila una tierna sonrisa mucho más sutil que la que esboza ahora mismo el abuelo. Acerca la mesa auxiliar, coloca la bandeja y al girarse mis ojos descienden sobre la ligera ondulación de sus pequeñas nalgas dibujadas bajo la fina bata. El abuelo, que sin duda se divierte conmigo, me ha descubierto y ahora ríe con la boca abierta enseñando unos pocos dientes largos y amarillentos. Con sus palillos en la mano clama tabeyou, tabeyou. Esta vez sí como y él sonríe complacido.

Reteniendo la imagen de su cuerpecillo delicado, el contorno de sus líneas sutiles, cojo el diario y encuentro lo escrito antes del accidente:
“Siento una atracción poderosa hacia las mujeres de este país, su comportamiento pausado y sumamente complaciente ante cualquier deseo me tienen subyugado. Son cuidadosas con su aspecto, muy coquetas, femeninas, y extremadas en su aseo personal.
Sin haber tenido ocasión de conocer a ninguna presiento que son unas amantes entregadas y dulces. Siento grandes deseos hacia ellas”.
A continuación escribo:
Creo haber comprendido el prestigio y el reconocimiento social que gozaron en su día las geishas. Hoy he tenido la fortuna de ver a una joven que sin duda podría competir con las mejores de la época Meiji. No sé escribir lo bella que es, la impresión que me ha causado, ni la rabia que siento al no poder comunicarme, no poder decirle cuánto desearía rozarla, acariciarla, besarla.

Amanezco con su imagen y dedico la mañana al diccionario y a la guía. Casi no advierto la tirantez de los puntos de la ceja ni tan siquiera la pesada rigidez de la pierna escayolada; estoy de buen humor, tanto que memorizo en voz alta las palabras que aprendo. Inmediatamente el abuelito, al igual que el eco del Valle del Iya, las repite. Ya sé cómo se dice guapa, kawaii. También he descubierto en la guía porqué el doctor decía tanabata para referirse al 7 de julio. Es un día importante, es la festividad de las estrellas, cuya leyenda es triste y hermosa.
Después de la comida y de lo que me parece una eternidad, la puerta susurra y aparece maiko. Desde esta mañana la llamo así pues he leído que significa aprendiz de geisha. El abuelito, pícaro, me mira cuando la ve entrar y consigue que me ruborice.
Se inclina y nos ronronea su konnichiwa estremecedor. Al igual que ayer lleva el pelo recogido bajo la blanca cofia y un flequillo largo le cubre la frente. En pie señala la gasa sucia de mi ceja. Estoy de suerte, toca cura.
Con precaución se inclina sobre la herida y de su blanquísima bata llega el olor entremezclado de almidón y suavizante. Cierro los ojos y aspiro con fuerza y como si escapara de entre los botones de su pechera se esparce tenue el aroma de su piel, una piel que huele a manzanas verdes. El deseo hace que suelte la primera palabra que me viene a la cabeza, que no es otra que kawaii. Entonces se queda mirando con ese candor juvenil oriental y sonríe a la vez que se inclina y susurra un delicado arigato. El abuelo encantado con la escena repite la palabra desde su cama mientras enseña sus pocos dientes largos y amarillentos.


martes, 3 de abril de 2012

Un europeo en la isla de Shikoku (I parte)


Abro los ojos despacio, con esfuerzo, como si se trataran de dos pestillos atrancados. Estoy tumbado en una cama de hospital. Siento la presión de una gruesa gasa sobre mi ceja izquierda y la rigidez del yeso que me cubre desde el tobillo hasta debajo de la rodilla derecha. Sin necesidad de tocarme ubico todas las contusiones que magullan mi cuerpo y junto al dolor llegan las imágenes. Perdí el equilibrio, salí del camino y me precipité con la bicicleta hacia el fondo del barranco del Valle del Iya; rodaba cada vez a mayor velocidad, primero oí el chasquido de la pierna, después el impacto de mi cabeza contra una roca. Debí quedar inconsciente pues no recuerdo más.

En la reluciente habitación del hospital hay tres camas grises alineadas y separadas por varios metros. Cada una con su mesita, su flexo y una gran cortina verde recogida contra la pared. Yo ocupo la primera, próxima a la única ventana, en la segunda hay un viejo japonés de edad incalculable, y la tercera permanece vacía.
Acababa de iniciar la ruta de los 88 templos tanto tiempo planificada cuando me descalabré. ¡Cuatro días, sólo cuatro días desde mi llegada a la isla de Shikoku! Mi deseo de peregrinar en solitario, de conocer la cultura y la gente de este precioso país se estrellaron conmigo en el barranco.
Los ojos me chispean de rabia, los puños se cierran mientras golpeo con fuerza mi cabeza contra la almohada una y otra vez hasta que reparo en el viejo de al lado. Del pequeño pijama a rayas que envuelve un cuerpo consumido por la edad y la enfermedad asoma un rostro arrugado, y bajos sus peladas cejas unos ojos cansados transmiten una placidez infinita. Su mirada bondadosa y serena descubre esa paz interior de quien ha aceptado su destino.
La puerta corredera de la habitación susurra al abrirse, un hombre alto, calvo y con bigote viene hacia mí. Me saluda cortésmente, extrae unas radiografías de un sobre y a la vez que habla como si pudiera entenderlo mueve un dedo sobre lo que imagino es mi tibia; parece complacido con los resultados. A continuación saca un calendario del bolsillo de su bata y señala una fecha varias veces, el 7 de julio. Parece que ese día tendré el alta médica.
¿Me voy el 7 de julio? -ahora soy yo quien habla como si él pudiera entenderme. Tras varios movimientos afirmativos exclama, una y otra vez, sin dejar de marcar la fecha: “tanabata, tanabata”.
¡Dios!, si faltan seis días, ¡seis días! Cuánto más lo repite más impedido me siento, una amarga desazón me invade, me hundo en la cama. El abuelo observa mi rostro apenado y me regala una mirada calma y tranquilizadora.

domingo, 18 de marzo de 2012

Un día largo de junio (II parte)

Aquí os dejo la segunda y última parte del texto, buena lectura...

Tras medirme con sus ojos chispeantes, se giró y su cabeza, algo alargada, desapareció entre las piernas del hombre hasta engullir su miembro. Frente a mí quedaron sus nalgas, grandes como sandías y tostadas como el café, elevadas y muy abiertas.Todo sucedía sin palabras y en nuestro silencio resonó nítido el húmedo succionar de su boca y, yo, con 25 años, sentí una envidia inusual por aquel hombre bajo, obeso, y peludo, que ignoraba mi presencia y cerraba los ojos de placer.
No pude aguantar más, mi mano, crispada de tensión, estrujó mi sexo y luego lo acarició mientras contemplaba extasiado aquella cabeza subir y bajar al mismo ritmo cadencioso que sus caderas, vibrantes y provocadoras. Varias veces hice por estirar el brazo para acariciarlas pero no me atreví, temí que se acabara, que el hechizo se rompiera.
Sin dilación sacó el miembro endurecido y empapado de su boca, lo asió con la mano izquierda y con habilidad se sentó sobre él. No tardaron en llegar los gemidos pausados de aquella mujer magnífica. Arrebatado por ese sonido saqué mi polla por encima del pantalón elástico y me masturbé.
Recuerdo con nitidez que pensé morir cuando su brazo se deslizó hacia mi polla como un tentáculo, lo vi inclinarse, agitarse intentando llegar. Avancé, se agarró al pantalón y tiró con fuerza hacia abajo, no cedió, la ayudé, y por fin sentí su mano enroscarse en mi carne.
Primero fueron sus dedos, ágiles y suaves, luego una lengua blanda, frenética, y al final su boca, empapada y caliente. No me atrevía a abrir los ojos, temía estar soñando. Jamás sentí nada igual, tan pronto cogía escalofríos como unos sofocos terribles.
Se había roto el silencio, gemidos, suspiros, chasquidos entremezclados componían una sinfonía gutural. Mis rodillas se doblaron, los músculos se tensaron, exploté en su boca que no dejaba de succionar. Un placer desconocido me recorrió toda la columna y llegó hasta los pies. Caí rendido, cautivo de aquella experiencia.
Al día siguiente, a la misma hora, volví al claro cerca del sendero y frente a los juncos que cubrían el torrente. Regresé al claro cada tarde durante aquel verano pero nunca más encontré el BMW verde.

viernes, 2 de marzo de 2012

Un dia largo de junio (I parte)

Bien, como os anuncié aquí está el primer relato. Lo he dividido en dos partes. En breve llegará la segunda.
Saludos y buena lectura.


Un BMW verde me adelanta. ¿Será el mismo? Inmediatamente acelero. Desde aquella noche no he vuelto a encontrarlo. Me acerco a él esperando ver una campanita dorada colgando de su retrovisor. No hay nada, sólo una nueva decepción.
Hace tiempo de aquello, exactamente dos años y ocho meses, pero algo tan extraordinario no se olvida. Ocurrió uno de esos días largos de junio que aprovechaba para extraviarme en bicicleta por senderos y bosques.
Regresaba casi a oscuras bordeando un torrente cuando descubrí el BMW verde. Estaría a unos ochenta metros, estacionado en un claro cerca del sendero y frente a los juncos que cubrían el torrente. Me extrañó encontrarlo pero aun más que tuviera la luz interior y las de posición encendidas. Mientras lo observaba una cabeza de mujer sobresalió por la ventanilla delantera. Pensé que sería una pareja de enamorados buscando un lugar discreto pero ¿por qué las luces encendidas si era discreción lo que buscaban?
En esas andaba cuando, con las manos agarradas a la puerta cerrada, la mujer se impulsó hacia delante arrastrando fuera su torso desnudo. Curioso por naturaleza reduje bruscamente la velocidad y no estaría a más de diez metros cuando su cuerpo se encabritó exhibiendo unos pechos gordos y blandos como masas de pan. Frené, de golpe, sin pensar. Entonces me descubrió. Al igual que un niño pillado en plena travesura fui incapaz de moverme, avergonzado, como si quien estuviera desnudo fuera yo. “Se acabó, ahora se tapará”, pensé convencido. Sin embargo, ante mi atención y como impulsada por mi presencia, cogió sus pezones entre sus dedos y los retorció mientras sonreía con malicia.
Sus ojos negros, hinchados y semicerrados eran como una tarjeta de invitación. Solté la bicicleta y con dudas avancé arrastrando unos pies que parecían estar encadenados. La portezuela se abrió y apareció desnuda, completamente desnuda; estaba tan cerca que podía ver los pliegues de sus carnes abundantes y aspirar el aroma a leche agria y almendras de su sexo.
A su espalda, al volante, había un hombre bajo y algo obeso que con esfuerzo elevó una barriga prominente y peluda y, arqueándose, llegó hasta el asiento del acompañante golpeando una campanita dorada que pendía del retrovisor, su tintineo agudo sonó como una anunciación. Por un momento temí que aquel sujeto saliera fuera, al claro, donde bajo las luces mortecinas del coche las manos de aquella mujer ya entraban y salían de las profundidades de su vagina viscosa. Absorto, sin creerlo aun, la observaba con las pupilas dilatadas y salivando como un perro ante un dulce. Creo que fue en ese momento cuando recordé lo que afirmaba el carnicero del mercado y que yo nunca creí; decía que muchos gustan de exhibirse en público, de ser observados, y que además dejan participar a los que miran; decía que se hacía mucho allá, en Inglaterra, incluso que tenía un nombre inglés, el doggin o algo así lo llamaban.



jueves, 23 de febrero de 2012

Próximamente en sus pantallas

Saludos a todas y todos. Al igual que las grandes productoras de cine estoy en plena de semana de promoción. Aunque en mi caso más que promoción es un simple anuncio.

Un joven, un coche aparcado, un torrente desierto, una pareja desnuda...
Próximamente en sus pantallas... Un dia largo de junio


Estreno 1 de marzo

jueves, 16 de febrero de 2012

Una pequeña noticia

Así es, tengo una pequeña noticia que daros a todos los que seguís entrando en este cofre. De nuevo he vuelto a insribirme en un taller de relatos eróticos, por lo que muy pronto tendré nuevo material que ofreceros a todos. He sido apresado, seré prisionero del erotismo, prisionero de las letras que despiertan los sentidos.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Un nuevo relato erótico

Después de mucho tiempo llega un nuevo relato. Para esta ocasión he seleccionado un relato anónimo que comentamos en un taller de literatura erótica, espero que os agrade.


Educar para la vida


Con apenas veinticuatro años me encontré con un título universitario debajo del brazo que me daba patente para educar: era, por fin, después de cinco aburridos y planos cursos en una plana y aburrida universidad, una brillante licenciada en Filosofía y Letras, lo que me confería, de manera automática, autoridad para impartir clases, autoridad para repartir entre mi alumnado tristes suspensos o luminosos sobresalientes en función de su aprovechamiento escolar, opción ésta que, desde siempre, me erotizó considerablemente, ya que era una forma de poder, pero ésta es otra historia de la que no me toca hablar ahora. Podía dar clases como profesora de letras y como tal fui contratada por un pequeño colegio del extrarradio para «impartir aquellas asignaturas relacionadas con la licenciatura por usted cursada», me explicó una directora pedante que me quería pluriempleada por cuatro duros; pero como yo era joven y necesitaba trabajo y, sobre todo, experiencia, dije que de acuerdo sin más discusión y me enfrenté a la vida laboral con el optimismo que proporciona la inexperiencia unida a la poca edad.

Recuerdo mi primer día de clase: alineadas en viejos pupitres en un aula abigarrada, treinta adolescentes llenas de vida que no me quitaban ojo, muertas de curiosidad ante la nueva profesora y yo, de pie tras mi decrépita mesa, sobre el estrado —a mi espalda un mugriento mapa de España físico y una pizarra—, disimulando como podía el temblor de mis rodillas. De pie como estaba, en medio de un silencio que se podía masticar, con una voz que yo sentí salir ronca de mi garganta y que procuré hacer solemne, empecé a pasar lista, mirando detenidamente a cada alumna después de haber dicho su nombre. Las Alonso y Balbuena fueron saliendo y yo veía del otro lado caras asombradas, asustadas algunas y, en todo caso, curiosas, caras de adolescentes de todos los tipos posibles: vulgares, granujientas, descaradamente feas, anodinas, aburridas, alguna simpática, otras agradables, algunas guapa-cursi, otras guapa-sosa. Llegaron las Fernández, Ferrer, Hoyos y las caras seguían siendo desesperadamente iguales, algunas tan infantiles que parecía imposible que tuvieran los diecisiete años que el curso obligaba. Pasé por las Iglesias, Martínez, Las Olmos, Peláez y Román. Una me pareció abiertamente simpática: Emma Román y me acordé de una Emma que tuve de compañera en la facultad, una Emma seductora, así que tomé nota de esa Emma por si acaso. Sánchez y más Sánchez, una de ellas francamente guapa pero insoportablemente cursi; Tamames, muy desproporcionada, luego Téllez y todas las uves, y cuando ya parecía que se acababa la lista, escondida muy al final apareció Paz Zamanillo, con tanta zeta, tan tarde, cuando ya tenía perdida la esperanza. Me dijo «sí» para indicar que estaba y que era ella, un «sí» tan especial que tuve que pararme y repetir, «Zamanillo, Paz» sólo por oír su profundo sí profundo y lleno. Era como para morirse: los dieciséis años más hermosos que pueden imaginarse, con una expresión de saber de qué va la vida y de una inocencia absoluta a la vez en partes iguales, con un aire de perdonarme la existencia y de colgarse de mí simultáneamente, con una mirada de suficiencia y de necesidad cincuenta cincuenta. Paz Zamanillo. Te deseé en cuanto te eché la vista encima.

Durante éste, mi primer curso como docente, me dediqué a aprender a ser profesora sin que mis alumnas se dieran cuenta y aprendí a enseñar mientras ellas aprendían lo que yo les enseñaba. Apredí también a erotizarme con mi trabajo. Cada mañana y cada día de la semana, vuelta hacia la pizarra, escribía para ellas nombres y fechas que desconocían y me colocaba con ello. Me gustaba el ruido de la tiza en la pizarra, me gustaba mi letra en la pizarra y me demoraba escribiendo, dándoles ostensiblemente la espalda, sintiendo sus ojos puestos en mí, me demoraba moviéndome por el estrado, mirándolas al andar. Me demoraba limpiándome los dedos blancos de tiza, demandándoles «¿fecha de Austerlitz?» muy secamente mientras las miraba muy de cerca, muy seria, enfadada. Me colocaba con su miedo, con la expresión de pánico de sus ojos cuando me veían acercarme, soplándome los dedos blancos de tiza, pararme junto a ellas, pillarlas en blanco, «estás en blanco, no has estudiado nada, mañana te vuelvo a preguntar, mañana no me puedes fallar»; a veces, según mi humor, les soplaba en la cara un leve polvillo de tiza de mis dedos que ellas recibían entre asustadas y divertidas. Me gustaba su miedo porque era un miedo que les daba gusto —aunque no lo sabían—, igual que a mí. Yo lo sabía pero ellas no. Sólo lo sabía Paz Zamanillo y yo sabía que ella seguía mi juego, que me desafiaba, que me aguantaba la mirada y no fallaba nunca y nunca sonreía ni me decía nada, jamás me decía nada, sólo fechas, datos, nombres, siempre exacta, eficaz, hermosa y distante, fría y cada vez más deseable. Y yo sintiendo que ella se sabía deseada por mí.

Voló el tiempo y llegó el calor. Los sentimientos y los deseos eran tan plásticos que me parecía imposible que ellas no los vieran. Sólo los veía Paz. Paz Zamanillo, y yo.

Llegaron las notas de final de curso y yo dije «daré las notas en la sala de profesoras de forma individual» y supe que estaba marcando mi destino. Fue más o menos como lo imaginaba: un derroche de poder y un ejercicio de erotismo únicos. La mayoría sufrió hasta oír su nota, pendiente de mis labios, rogándome acabar cuanto antes aquel sufrimiento. Alguna hubo que, sin poder aguantarlo, rompió a llorar, otras lloraron también, cayendo en mis brazos y yo, magnánima, las consolaba besándoles la frente, mientras les acariciaba subrepticiamente la espalda.

Suspendí a Paz Zamanillo. La suspendí aunque hubiera debido darle un notable. Acudió al cuarto de profesoras con los ojos brillantes y, cuando le entregué su nota, le tembló ostensiblemente la voz al hablarme y me dijo «eres una cerda», apoyada en la puerta. Yo me acerqué despacio, diciéndole otra vez «te he suspendido», desafiándola a repetirlo y lo repitió, lo repitió tres veces hasta que le di un empujón contra la puerta, la empujé fuerte y la besé con rabia, con el deseo y la desesperación fermentada de meses, con tal deseo que le hice daño. Ella también me besó con ira, con rabia, «eres una cerda», me besó con un deseo loco, «eres una cerda», con un deseo de adulta y allí, contra la puerta del cuarto de profesoras primero y enseguida bajo la mesa de la directora, sobre la sucia alfombra, con las ropas a medio quitar, insultándonos y rabiando, Paz Zamanillo y yo follamos furiosas mientras fuera el resto de la clase esperaba, paciente y asustada, la nota final de mi asignatura. Aunque parezca mentira aquella fue mi primera vez —eran otros tiempos— pero, desde luego, no fue la última .


[1] Anónimo, «Educar para la vida», Primeras caricias (recopilación y prólogo de Gimeno, Beatriz), Barcelona, Ediciones La Tempestad, 2008.

lunes, 2 de enero de 2012

Encorsetados

Un nuevo año empieza y no con buenos augurios. Parece algo sabido, e incluso aceptado, que será un año de restricciones, de estrecheces, de presión. Van a ponernos un corsé, tirarán de sus cuerdas y nos oprimirán hasta que nos cueste respirar, incluso movernos.
Pues bien, si van a ponernos un corsé que sea alguno de estos modelos que os dejo aquí.




martes, 27 de diciembre de 2011

La venus de las pieles

Hoy he seleccionado un extracto de tan afamada obra para todos los amantes del mundo bdsm pues son muchos los que visitan esta página,  como muchos son los que desconocen la obra de Leopold Von Sacher-Masoch (¿les dice algo este apelido, lo asocian?)
El texto hace referencia a un momento clave en la novela, la firma del contrato de esclavitud y de un anexo algo complicado.


"Anochece. Una linda doncellita me comunica la orden de comparecer ante mi dueña. Subo la escalera de mármol, atravieso la antecámara, el gran salón lleno de suntuosas riquezas, y llamo a la puerta de la alcoba. El lujo que veo dondequiera me inquieta, haciéndome llamar con timidez. Me pregunto qué actitud guardaré en la alcoba de la gran Catalina, y cómo se me aparecería ahora con su verde pelliza, el cordón rojo sobre la garganta desnuda y sus buclecitos empolvados.


Vuelvo a llamar. Wanda abre, impaciente y violenta.

—¿Por qué has tardado?

—Estaba detrás de la puerta; sin duda no me oíste llamar —respondí con timidez.

Cierra la puerta, viene hacia mí y me conduce al sofá de damasco rojo en que reposaba. Todo es rojo, todo de damasco. El edredón representa un asunto —Sansón y Dalila— soberbiamente trabajado.
Wanda me recibe en el más fascinador deshabillé. Su traje de seda blanca modela ligera y artísticamente su cuerpo gracioso, dejando al descubierto la garganta y los brazos, delicados y llenos de abandono, rodeados de las sombrías pieles de la gran pelliza de terciopelo verde guarnecida de cebellina. Su cabellera de fuego, medio deshecha y sostenida por nudos de perlas negras, cae hasta sus caderas.

—Venus de las pieles —balbuceé, en tanto que me atrae a su garganta, casi ahogándome a besos. Después quedo mudo y privado de pensamiento, sumergido en un mar de delicias no soñadas.

Al fin Wanda se desprende y me mira, apoyada sobre su brazo. Caí a sus pies; ella me atrajo a sí y comenzó a jugar con mi pelo.

—¿Me amas aún? —me dijo con los ojos embriagados.

—¡Tú lo preguntas!

—¿Recuerdas aún tu juramento? —añadió con una encantadora sonrisa—. Todo está ya arreglado, todo dispuesto. Vuelvo a preguntarte otra vez: ¿De veras quieres ser mi esclavo?

—¿No lo soy ya? —repliqué asombrado.

—No has firmado aún el contrato.

—¡El contrato! ¿Qué contrato?

—¿Lo ves? ¡Ya no te acuerdas! Dejémoslo, pues.

—Pero, Wanda, bien sabes tú que yo no conozco mayor delicia que servirte, ser tu esclavo, y que todo lo daría por esa voluptuosidad, incluso mi vida.

—¡Cuan hermoso estás cuando te exaltas, cuando hablas con tanto fuego! ¡Ah! Cada vez estoy más perdida por ti, y seré dura, imperiosa y cruel contigo. Pero temo no poder serlo.

—Eso no me inquieta —dije riendo— ¿Dónde está el documento?

—Aquí —dijo confusa, y le sacó del pecho para dármelo—. En él está tu felicidad; quedas completamente a mi disposición, porque, además, tengo redactado otro documento en que declaras tu intención de matarte. Puedo matarte, si me parece.

—Trae.

Mientras yo desplegaba el documento y leía, Wanda tomó tintero y pluma, se sentó luego a mi lado, pasó el brazo alrededor de mi cuello y miró el papel por detrás de mí.

El documento decía así:

CONTRATO ENTRE LA SEÑORA WANDA DE DUNAIEW
Y EL SEÑOR SEVERINO DE KUSIEMSKI

«El señor Severino de Kusiemski quiere, desde el día de hoy, ser el prometido de la señora Wanda de Dunaiew, renunciando a todos sus derechos de amante y obligándose, bajo palabra de honor y caballero, a ser su esclavo, en tanto que ella no le conceda libertad. Como esclavo de la señora Dunaiew, tomará el nombre de Gregorio, y se compromete a satisfacer sin reservas todos los deseos de la susodicha señora, su dueña, obedeciendo todas sus órdenes, siéndole humildemente sumiso,considerando cualquier merced que reciba como una gracia extraordinaria.

La señora Dunaiew, no sólo adquiere el derecho de golpear a su esclavo por las faltas que cometa, sino también el de maltratarle por capricho o por pasatiempo, incluso hasta matarle, si le place. Queda, en suma, en su propiedad absoluta.

Si la señora Dunaiew concede libertad a su esclavo, el señor Severino de Kusiemski se compromete a olvidar todo lo que, como esclavo, haya podido sufrir, y a no vengarse jamás, en ninguna manera por ningún medio y bajo ninguna especie de consideración, ni a ejercitar acción alguna contra aquélla.
Por su parte, la señora Dunaiew se obliga a comparecer vestida de pieles con la mayor frecuencia ante su esclavo, incluso cuando se muestre cruel para con él.

Hecho hoy...»

El segundo documento sólo contenía estas palabras:
«Cansado de las decepciones de un año de existencia, pongo fin libremente a mi vida inútil.»

Un profundo horror me invadió al leerle. Todavía era tiempo, podía volverme atrás; pero la demencia de la pasión, la vista de la hermosa que, ebria de alegría, se apoya en mi hombro, me arrastraban.
 —Tienes que copiar éste —dijo Wanda, señalando el segundo documento—, que debe ir escrito enteramente de tu puño y letra. El contrato no hace falta.

Copié a escape las palabras en que proclamaba mi suicidio, y di el papel a Wanda.
Lo leyó, y riendo, lo puso sobre la mesa.

—Ahora, ¿tendrás valor para firmar éste? —preguntó, sacudiendo la cabeza, con una sonrisa fina.
Tomé la pluma.

—Déjame firmar antes —dijo Wanda—. Te tiembla la mano. ¿Temes?

Ella tomó el contrato y la pluma, y yo levanté los ojos, en lucha conmigo mismo, cuando mis miradas cayeron sobre numerosas pinturas de las escuelas italiana y holandesa, cuyo extraño carácter se relacionaba con el asunto del edredón, que tenía para mí un aspecto inquietante. Dalila, una buena moza de cabellera de fuego, medio cubierta por un manto de pieles oscuras, estaba tendida sobre un diván rojo, inclinándose riente hacia Sansón, derribado y maniatado por los filisteos. Su burlona coquetería, su sonrisa, tiene una crueldad verdaderamente infernal; sus ojos entornados se dirigen a los de Sansón, que lanzan una última mirada de amor llena de clemencia, porque ya uno de los enemigos se arrodilla sobre su pecho, dispuesto a cegarle con el hierro ardiente".

lunes, 12 de diciembre de 2011

Oh, vello púbico, ¿dónde estás?

Dímelo, erótico y atractivo vello, ¿adónde has ido? ¿Dónde te han escondido? Dímelo  porque hace tiempo que te busco con empeño y no consigo encontrarte.
Sé que intentan eliminarte, extinguirte para siempre con todos los medios a su alcance. Te queman con cera caliente, te cortan con cuchillas afiladas, te aplican laser. Sin compasión, sin remordimiento. Oh, cuánta inconsciencia, cuánta afrenta al erotismo más puro, al más erudito, al intenso, al más natural.
Sugerente, voluptuoso como antaño ¿dónde estás bosque del deseo? Te busco una, y otra, y otra vez y no te encuentro.

lunes, 7 de noviembre de 2011

El sentido de la vista





Uno de nuestros cinco sentidos; el placer de la mirada. Usémoslo, excitémonos con él. Ver, intuir, imaginar, contemplar, gozar, todo es posible gracias al erotismo de la visión.

viernes, 1 de julio de 2011

El erotismo tiene forma de pecho


Nada me place más que observar con detenimientos los pechos femeninos. Sin pudor, sin verguenza, gozar de su visión con detalle. Escrutar entre la ropa, imaginar sus formas, pensar en sus pezones y en sus areolas. Asomarme a los escotes, atravesar los sujetadores.


Desnudos, cubiertos, ocultos, expuestos, excitados, duros, erizados...



Duros, blandos, caídos, enhiestos, rectos, curvos...