Subo una foto que me agrada porque no tengo letras preparadas, me gustaría tenerlas para ofrecerlas a los visitantes que las esperan, disculpadme
miércoles, 6 de abril de 2011
martes, 15 de febrero de 2011
Maitresse

Sé que muchos de los visitantes de este blog sois aficionados y practicantes del bdsm por eso hoy he seleccionado un párrafo de una obra que versa sobre el mundo de la dominación con una fuerte carga sadomasoquista. Quizá sea poco conocida pero sin duda es turbadora. El propio título ya nos lo indica: El ama. Memorias de una dominadora. En él podréis leer los testimonios y experiencias reales de una famosísima Dómina francesa.
Si el párrafo despierta vuestro interés o deseo de más, encontraréis una reseña completa de la obra y de su autora picando sobre su nombre.
¿Quién es? ¿Qué quiere? ¿Chantaje? ¿Intento de extorsión? ¿Me confunde con su pareja de baile? ¿Con su puta madre? Después de mirar cómo Rasta, impasible, me insultaba a gritos, de pronto me cansé. Le solté una de las bofetadas más sonoras de mi vida; se quedó mudo, una bomba histérica a punto de estallar.
—¡Desnúdate! —le dije.
Comenzó a desnudarse con torpeza.
—¡Más aprisa, perro negrata! Voy a partirte tu culo podrido. Y suelta la pasta, ahí, en el suelo, a mis pies. Alguna vez habrás hecho de gigoló, con tu gruesa polla, pero aquí sólo eres un puto maquillado que me trae lo que ha ganado callejeando, ¿entendido? De rodillas, y repite conmigo: «Soy su esclavo, su esclavo negro, y usted, ¡usted es la diosa blanca!». Sí, tú eres el negrito, trabajas para mí en la plantación, ¡y te azotaré si trabajas mal! Repite: «Soy sucio por naturaleza»…
Rasta repetía. Se le desorbitaban los ojos de placer.
—¿Te has visto la polla, Rasta? Es gorda, sí; podría servir… —me acerqué a su oreja vociferando—, ¡para encular a mis esclavos blancos! Voy a venderte a los esclavos blancos, Rasta. ¡Ah, te has atrevido a insultar a una diosa! Lo pagarás caro, larva hedionda, invertebrado, oruga de mierda, sub-raza reptante. No paraba de abofetearle, de escupirle a la cara, y a Rasta se le empinaba como un loco. Sin embargo, ni siquiera le había rozado el sexo. Tenía un cuerpo escultural; las gotas de sudor se deslizaban por su piel como perlas brillantes. De rodillas, con las manos a la espalda, Rasta se bebía mis palabras. Yo veía sus ojos de bronce desorbitados, lacrimosos…
—Tu boca, Rasta, es como un cubo de basura dispuesto a engullir mis calientes meadas, mis mierdas…
Yo hablaba como una máquina programada. Rasta seguía postrado a mis pies, prosternado. Pedía más. Estaba colgado, como un muerto de hambre, de mis palabras, de mis gestos, del látigo. Todo le excitaba. Quería disfrutar, disfrutar hasta reventar, quería… Decía: «Al fin he encontrado a mi Ama, usted es el Ama…».
Yo estaba trastornada por ese masoquismo eléctrico. Poco a poco, los efectos de la turbación se invertían: «Las perras blancas sólo piensan en la polla gorda del negro».
Reconozco que Rasta poseía un sexo increíble. Antiguas fantasías me cruzaban por la mente: viajes en los que J. P. hacía que me violara un negro. Un black master. Ese día me contenté con el garañón, manteniendo el estereotipo de ama. Rasta se quedó en ayunas.
—Acércate, animal hediondo, gusano injodible —la verdad es que se hunden no bien les dices que son injodibles—. A ver, déjame tocar esa polla que las vuelve locas… ¡No parece nada del otro mundo! ¡Estoy segura de que eres incapaz de hacer que me corra!
¿Quién es? ¿Qué quiere? ¿Chantaje? ¿Intento de extorsión? ¿Me confunde con su pareja de baile? ¿Con su puta madre? Después de mirar cómo Rasta, impasible, me insultaba a gritos, de pronto me cansé. Le solté una de las bofetadas más sonoras de mi vida; se quedó mudo, una bomba histérica a punto de estallar.
—¡Desnúdate! —le dije.
Comenzó a desnudarse con torpeza.
—¡Más aprisa, perro negrata! Voy a partirte tu culo podrido. Y suelta la pasta, ahí, en el suelo, a mis pies. Alguna vez habrás hecho de gigoló, con tu gruesa polla, pero aquí sólo eres un puto maquillado que me trae lo que ha ganado callejeando, ¿entendido? De rodillas, y repite conmigo: «Soy su esclavo, su esclavo negro, y usted, ¡usted es la diosa blanca!». Sí, tú eres el negrito, trabajas para mí en la plantación, ¡y te azotaré si trabajas mal! Repite: «Soy sucio por naturaleza»…
Rasta repetía. Se le desorbitaban los ojos de placer.
—¿Te has visto la polla, Rasta? Es gorda, sí; podría servir… —me acerqué a su oreja vociferando—, ¡para encular a mis esclavos blancos! Voy a venderte a los esclavos blancos, Rasta. ¡Ah, te has atrevido a insultar a una diosa! Lo pagarás caro, larva hedionda, invertebrado, oruga de mierda, sub-raza reptante. No paraba de abofetearle, de escupirle a la cara, y a Rasta se le empinaba como un loco. Sin embargo, ni siquiera le había rozado el sexo. Tenía un cuerpo escultural; las gotas de sudor se deslizaban por su piel como perlas brillantes. De rodillas, con las manos a la espalda, Rasta se bebía mis palabras. Yo veía sus ojos de bronce desorbitados, lacrimosos…
—Tu boca, Rasta, es como un cubo de basura dispuesto a engullir mis calientes meadas, mis mierdas…
Yo hablaba como una máquina programada. Rasta seguía postrado a mis pies, prosternado. Pedía más. Estaba colgado, como un muerto de hambre, de mis palabras, de mis gestos, del látigo. Todo le excitaba. Quería disfrutar, disfrutar hasta reventar, quería… Decía: «Al fin he encontrado a mi Ama, usted es el Ama…».
Yo estaba trastornada por ese masoquismo eléctrico. Poco a poco, los efectos de la turbación se invertían: «Las perras blancas sólo piensan en la polla gorda del negro».
Reconozco que Rasta poseía un sexo increíble. Antiguas fantasías me cruzaban por la mente: viajes en los que J. P. hacía que me violara un negro. Un black master. Ese día me contenté con el garañón, manteniendo el estereotipo de ama. Rasta se quedó en ayunas.
—Acércate, animal hediondo, gusano injodible —la verdad es que se hunden no bien les dices que son injodibles—. A ver, déjame tocar esa polla que las vuelve locas… ¡No parece nada del otro mundo! ¡Estoy segura de que eres incapaz de hacer que me corra!
viernes, 11 de febrero de 2011
Qué agradable sorpresa
Hoy, por casualidad, he comprobado las estadísticas de visitas realizadas a este cofre voluptuoso y con gran sorpresa por mi parte he descubierto que más de la mitad proceden de multitud de países de Sur y Centroamérica, unos grandes otros pequeños, algunos diminutos... ¡maravilloso y no menos increíble!
En agradecimiento a todos ellos, os cuelgo esta foto que espero que os guste tanto como a mí, un fuerte abrazo
martes, 8 de febrero de 2011
El fino trazado del erotismo

El erotismo más lascivo sólo puede ser trazado con la suavidad de las líneas descendentes.
En homenaje a las mujeres que lucen con orgullo la curva natural de sus pechos. A las mujeres que permiten que contemplemos esa caída tan arrebatadoramente sensual y fuente de infinitos pensamientos.
jueves, 27 de enero de 2011
En lo alto del almendro (IV parte)

Bajé los peldaños de madera que conducían a la bodega, dí al interruptor y cuatro bombillas cubiertas de polvo se encendieron para iluminar con dificultad la estancia. Pensé que poco podría limpiar con esa luz. Avancé unos pasos y contemplé los enormes botelleros apoyados contra las paredes, las barricas alineadas sobre soportes de hierro, las vigas largas y gruesas a poca distancia de mi cabeza y el suelo de tablones. Nunca antes había entrado en la bodega, de hecho siempre estaba cerrada y sólo el señor disponía de la llave. Era un lugar oscuro y húmedo, con paredes de piedra vieja y musgosa con un fuerte olor a liquen y a madera carcomida. Los peldaños de la escalera crujieron detrás de mí, me giré y vi aparecer al señor manteniendo la copa en la mano.
Aquí guardo las mejores botellas de brandy, dijo tirando del cuello de una de las botellas. ¿Te gusta el brandy, Remedios? Pruébelo.
No creo que deba antes de limpiar, aquí hay mucho trabajo. Olvídese de limpiar y beba esto, rogó mientras me ofrecía su propia copa recién servida. Dudé. Insistió. El calor del líquido atravesó la garganta y se acurrucó en mi interior. Me produjo una sensación cálida y de bienestar. Sorbí de nuevo. Me quitó la copa de las manos y me la devolvió de nuevo bien llena. ¿Le gusta? Sí, es muy bueno, el que bebía Jonás quemaba la boca pero éste no. Parece que compartimos gustos, ¿no le parece Remedios? No creo señor, respondí con sinceridad pues no podía ni imaginar que pudiéramos compartir gusto alguno. A usted también le gusta el bdsm, ¿verdad? No dije nada pues no sabía de qué me hablaba, guardé silencio confusa. Fue un error, pues lo interpretó como una afirmación. ¿Cuánto hace que lo practica? ¿Practicar el qué? me preguntaba a mí misma. Me excitaron muchos sus marcas en los pechos Remedios, continuó. De golpe, como un tortazo, lo entendí todo. No debe avergonzarse, dijo al verme paralizada por la vergüenza y roja como una granada, el placer obtenido a través del castigo es de los placeres más sutiles y satisfactorios que existen, tanto para quien lo aplica como para quien lo recibe. Y siguió hablando y contando cosas de castigos, de instrumentos de castigo, de lo placenteras que pueden ser las cuerdas, del dolor provocado en los pezones… no dejaba de hablar y cada palabra producía un deseo cada vez mayor, no tardé en sentir mi vagina húmeda, luego las bragas, no podía contener mi flujo. Mientras hablaba se había acercado y con su mano izquierda intentó bajar un tirante del vestido. Retrocedí instintivamente. Temí lo que pudiera hacerme, y lo temía porque lo deseaba.
Etiquetas:
castigo
viernes, 24 de septiembre de 2010
¿Hay alguien ahí?

Si hay alguien le pido mis más sinceras disculpas por este abandono temporal. Por esa lectora, que quizá espere, debo finalizar el relato. Y lo haré. Me obligaré y lo haré en breve. Pero entended que es difícil escribir para el silencio.
martes, 24 de agosto de 2010
El contramayoral

A la espera de la IV parte de "En lo alto del almendro" hoy he colgado un relato que escribí hace tiempo. No es erótico, por ese motivo he creado una página con su título: "El contramayoral". Lo encontraréis en el menú, en la parte izquierda de la pantalla. He pensado que el blog es un buen sitio para él, mejor aquí que en una carpeta de mi ordenador. Me gustaría saber vuestra opinión si decidís leerlo, pues es un relato al cual tengo un especial afecto. Gracias y feliz lectura.
jueves, 12 de agosto de 2010
En lo alto del almendro (III parte)
Bueno, por fin ya está aquí la tercera parte del relato. Si no hay ningún cambio queda pendiente una última entrega. Como siempre digo, espero que os guste tanto leerla como a mi escribirla. Ahh, no quiero olvidarme de dar las gracias a todas las nuevas lectoras por leerme y por ser tan amables en sus comentarios respecto a este cofre que es el de todos los que sentimos pasión por los sentidos. Un beso a todas.

Durante días tuve remordimientos y una profunda preocupación. Ya no tenía dudas: estaba enferma. Me avergoncé, también me preocupé y decidí no hacerlo más. Pero cada noche al pellizcarme añoraba la quemazón que me produjo la rama y debía reprimir la voluntad de salir a por una. Intentaba no pensar y no desear y me reprendía cuando sucedía; y cuanto mayor era el esfuerzo por alejar de mi mente esos pensamientos más presente era el deseo. Y esa lucha era algo horrible y desesperante que provocaba que por las noches no pudiera conciliar el sueño presa de una voluptuosidad incontrolable. Al fin sucedió lo que debía suceder: volví a la leñera y cogí del rincón de la esquina la rama que con toda maldad había tallado hasta convertirla en vara.
Tantos días de continencia y represión provocaron un castigo tan cruel como placentero. Esta vez no me limité a mi vientre; mis pechos y mis nalgas también fueron azotados con pasión. Comprobé que si conseguía que la vara impactase de lleno en mis carnes era mucho más placentero y en esas ocasiones, casi automáticamente, aparecía una fina línea roja sobre la piel blanca. Y por increíble que pueda parecer cuantas más líneas veía trazadas sobre mi cuerpo, mayor número deseaba y redoblaba mi ímpetu para conseguirlas. Con el sexo y los muslos empapados por mi líquido transparente y tibio, las nalgas calientes como ascuas y mi pecho izquierdo (pues no conseguía impactar con certeza en el derecho) surcado como un campo recién arado caí extenuada sobre la cama.
Varios días después, en la casa de los señores, y convencida que toda la familia había ido de compras al pueblo entré en el despacho privado del señor, pues sólo en su ausencia se me permitía limpiar esa habitación. Al abrir la puerta lo primero que vi fue al señor, sentado detrás del escritorio, mirando unos papeles. Tan sorprendida quedé que no sabía si cerrar la puerta sin decir nada y retirarme, si entrar, si hablar… al final, recuerdo que dije: “Perdone, pensé no estaba. Ya limpiaré en otro momento, siento haberle interrumpido”. “Da igual, no te preocupes, puedes limpiar. Pero hazlo en silencio Remedios”. “Sí señor”.
Poco a poco empecé a limpiar con mucha cautela. Recuerdo la incomodidad que sentía, ya fuera por su presencia o por el silencio empalagoso que nos separaba. Fui tranquilizándome y mis movimientos adquirieron mayor brío. Mientras trabajaba olía el aroma de su puro, un olor suave y agradable, a frutos tostados, a hojas quemadas. A pesar de la presencia del señor y de sentirme observada aumenté la intensidad. Inclinada sobre la fregona me desplazaba de un lado a otro sin percibir que mi bata estaba algo desabrochada y que con los movimientos de los brazos la parte superior de mis pechos eran completamente visibles.
El silencio se rompió por la educada y sonora voz del señor que retumbó en el despacho como el trueno que precede a la tormenta:
-Remedios, acérquese un momento.
Sorprendida obedecí con pasos cortos hasta pararme frente a él observando ascender la delgada línea gris del humo del cigarro.
-¿Se ha hecho daño?
Creo que en ese momento mi estómago dio un vuelco de ciento ochenta grados, o eso sentí. No respondí, pues no estaba segura de entender la pregunta. Al ver mi azoramiento se levantó, estiró el brazo por encima del escritorio y separó ligeramente las puntas de la bata con una seguridad que nunca imaginé. La bata se abrió y por encima del sujetador, en el pecho izquierdo, destacaban varias marcas no muy profundas, lineales, del color del vino tinto. Al verlas enrojecí como una fresa. Y el señor, sin soltar el vestido, no dejaba de escrutar las heridas. Dí unos pasos hacia atrás y desprendió la mano, “trabajando en mi huerto”, me apresuré a responder y sin esperar a que volviera a preguntar recogí el cubo, la fregona, los trapos y salí huyendo.
Durante días maldije mi estupidez por haberme descuidado de esa manera y cada día esperaba que el señor me comunicara que ya no me necesitaban. Durante ese tiempo volví a guardar la vara en la leñera.
Una tarde finalizada mi jornada estaba plantando en mi huerto cuando un mozito a su servicio vino para comunicarme que debía ir enseguida.
Temerosa ante el aviso y augurando mi despido me lavé la cara, los brazos, aseé el pelo, cambié mis zapatos embarrados y partí deprisa.
Encontré al señor sentado en la butaca del comedor; yo estaba nerviosa y él, relajado, sostenía una copa de brandy en la mano y fumaba uno de sus cigarros. Me había mandado llamar porque quería saber si podía limpiar la bodega esa misma tarde pues mañana recibía invitados y quería mostrarla. Ante mi silencio, fruto del sosiego producido por la petición, el señor insistió preguntando si podía adecentarla aunque sólo fuera un poco, y lo hizo con una mirada que nunca antes había visto. Sus pequeños ojos brillaban como los de un gato en la oscuridad y recorrían mi cuerpo de arriba abajo, sin prisa y con bastante descaro. Me avergoncé porque me sentí completamente desnuda delante de él y tuve la seguridad que mi vestido gastado y algo sucio no ocultaba nada a su mirada. Ruborizada y deseosa por proteger mi desnudez, respondí que ahora mismo empezaba.

Durante días tuve remordimientos y una profunda preocupación. Ya no tenía dudas: estaba enferma. Me avergoncé, también me preocupé y decidí no hacerlo más. Pero cada noche al pellizcarme añoraba la quemazón que me produjo la rama y debía reprimir la voluntad de salir a por una. Intentaba no pensar y no desear y me reprendía cuando sucedía; y cuanto mayor era el esfuerzo por alejar de mi mente esos pensamientos más presente era el deseo. Y esa lucha era algo horrible y desesperante que provocaba que por las noches no pudiera conciliar el sueño presa de una voluptuosidad incontrolable. Al fin sucedió lo que debía suceder: volví a la leñera y cogí del rincón de la esquina la rama que con toda maldad había tallado hasta convertirla en vara.
Tantos días de continencia y represión provocaron un castigo tan cruel como placentero. Esta vez no me limité a mi vientre; mis pechos y mis nalgas también fueron azotados con pasión. Comprobé que si conseguía que la vara impactase de lleno en mis carnes era mucho más placentero y en esas ocasiones, casi automáticamente, aparecía una fina línea roja sobre la piel blanca. Y por increíble que pueda parecer cuantas más líneas veía trazadas sobre mi cuerpo, mayor número deseaba y redoblaba mi ímpetu para conseguirlas. Con el sexo y los muslos empapados por mi líquido transparente y tibio, las nalgas calientes como ascuas y mi pecho izquierdo (pues no conseguía impactar con certeza en el derecho) surcado como un campo recién arado caí extenuada sobre la cama.
Varios días después, en la casa de los señores, y convencida que toda la familia había ido de compras al pueblo entré en el despacho privado del señor, pues sólo en su ausencia se me permitía limpiar esa habitación. Al abrir la puerta lo primero que vi fue al señor, sentado detrás del escritorio, mirando unos papeles. Tan sorprendida quedé que no sabía si cerrar la puerta sin decir nada y retirarme, si entrar, si hablar… al final, recuerdo que dije: “Perdone, pensé no estaba. Ya limpiaré en otro momento, siento haberle interrumpido”. “Da igual, no te preocupes, puedes limpiar. Pero hazlo en silencio Remedios”. “Sí señor”.
Poco a poco empecé a limpiar con mucha cautela. Recuerdo la incomodidad que sentía, ya fuera por su presencia o por el silencio empalagoso que nos separaba. Fui tranquilizándome y mis movimientos adquirieron mayor brío. Mientras trabajaba olía el aroma de su puro, un olor suave y agradable, a frutos tostados, a hojas quemadas. A pesar de la presencia del señor y de sentirme observada aumenté la intensidad. Inclinada sobre la fregona me desplazaba de un lado a otro sin percibir que mi bata estaba algo desabrochada y que con los movimientos de los brazos la parte superior de mis pechos eran completamente visibles.
El silencio se rompió por la educada y sonora voz del señor que retumbó en el despacho como el trueno que precede a la tormenta:
-Remedios, acérquese un momento.
Sorprendida obedecí con pasos cortos hasta pararme frente a él observando ascender la delgada línea gris del humo del cigarro.
-¿Se ha hecho daño?
Creo que en ese momento mi estómago dio un vuelco de ciento ochenta grados, o eso sentí. No respondí, pues no estaba segura de entender la pregunta. Al ver mi azoramiento se levantó, estiró el brazo por encima del escritorio y separó ligeramente las puntas de la bata con una seguridad que nunca imaginé. La bata se abrió y por encima del sujetador, en el pecho izquierdo, destacaban varias marcas no muy profundas, lineales, del color del vino tinto. Al verlas enrojecí como una fresa. Y el señor, sin soltar el vestido, no dejaba de escrutar las heridas. Dí unos pasos hacia atrás y desprendió la mano, “trabajando en mi huerto”, me apresuré a responder y sin esperar a que volviera a preguntar recogí el cubo, la fregona, los trapos y salí huyendo.
Durante días maldije mi estupidez por haberme descuidado de esa manera y cada día esperaba que el señor me comunicara que ya no me necesitaban. Durante ese tiempo volví a guardar la vara en la leñera.
Una tarde finalizada mi jornada estaba plantando en mi huerto cuando un mozito a su servicio vino para comunicarme que debía ir enseguida.
Temerosa ante el aviso y augurando mi despido me lavé la cara, los brazos, aseé el pelo, cambié mis zapatos embarrados y partí deprisa.
Encontré al señor sentado en la butaca del comedor; yo estaba nerviosa y él, relajado, sostenía una copa de brandy en la mano y fumaba uno de sus cigarros. Me había mandado llamar porque quería saber si podía limpiar la bodega esa misma tarde pues mañana recibía invitados y quería mostrarla. Ante mi silencio, fruto del sosiego producido por la petición, el señor insistió preguntando si podía adecentarla aunque sólo fuera un poco, y lo hizo con una mirada que nunca antes había visto. Sus pequeños ojos brillaban como los de un gato en la oscuridad y recorrían mi cuerpo de arriba abajo, sin prisa y con bastante descaro. Me avergoncé porque me sentí completamente desnuda delante de él y tuve la seguridad que mi vestido gastado y algo sucio no ocultaba nada a su mirada. Ruborizada y deseosa por proteger mi desnudez, respondí que ahora mismo empezaba.
jueves, 5 de agosto de 2010
En breve

Hoy he encontrado esta maravillosa foto y enseguida me ha recordado las maravillosas nalgas de Remedios. Pues así son las suyas: bien formadas, con líneas gruesas y poderosas, carnosas, de piel blanca que reclaman atención. Y entonces he caído en la cuenta que aun no sabéis nada de sus encantadoras posaderas; lo siento, os aseguro que en breve estará la tercera parte -no la última- del relato para todos los que lo siguen (a pesar de que las entregas lleguen tan espaciadas unas de otras; lo sé) Mientras, espero que esta imagen os despierte muchas y variadas sensaciones. Un beso
lunes, 5 de julio de 2010
En lo alto del almendro (II parte)
Aquí está la segunda parte y puedo deciros que continuará...
Besos a todas
Los señores venían a la hacienda los meses de verano, luego marchaban y en invierno, los fines de semana, regresaba el señor para cazar en la finca. Así pues, sin hombre ni hijo a quien atender y con un trabajo que durante la mayoría de los meses no exigía mucha dedicación, empecé a disponer de horas, horas que jamás me habían pertenecido. Y sin saber cómo empecé a descubrir sensaciones y placeres que yo nunca hubiera imaginado que existieran.
Ya tendría yo treinta y ocho o treinta y nueve años; estaba lozana, con unas carnes prietas y abundantes, bajita y bicolor: parda como la tierra era la piel expuesta al sol y blanca como papel de fumar el resto. Ahhh, y negra, muy negra ahí abajo. Como ya comenté Jonás no era mucho de la cosa, así que me resigné y aprendí a prescindir. Aunque creo que mi cuerpo fue acumulando una necesidad, sino no entiendo el cambio. Empecé a dormir sin sujetador ni bragas debajo del camisón y enseguida me gustó esa sensación de libertad, ese frescor, mayor cuanto más separaba las piernas. Al poco prescindí de aquel camisón blanco y largo que me recordaba las noches con Jonás y me acostumbré a tocarme pero aunque me gustaba no conseguía complacerme del todo. Una noche descubrí mi clítoris, pequeñito, oculto bajo una piel rugosa, y no sé aún porqué pero lo pellizqué. Con el segundo pellizco tuve un pequeño espasmo, llegó rápido y por sorpresa. Interesada más que excitada lo volví a pellizcar ahora con mayor fuerza, lo retuve apretado contra mis uñas muchos segundos, hasta que sentí que el corazón me salía entre las piernas. Me retorcí, me convulsioné y me empapé toda de un líquido transparente y tibio. Recuerdo mi perplejidad ante el inmenso redondel dibujado en el centro de la sábana, jamás hubiera imaginado que eso pudiera suceder. Y ya no hubo noche que no me retorciera el clítoris, los pezones, los pezones y el clítoris, y los espasmos acudían a mí una y otra vez. Me asusté y pensé que estaba enferma, no podía ser normal que el dolor me produjera tanto placer. Por las mañanas trabajaba en la hacienda, por las tardes en la huerta de mi parcela, pero siempre esperando que llegara la noche. Tanto lo deseaba que a veces, después de la ducha y antes de cenar, ya me ponía dos pinzas de madera, de esas de tender, en los pezones. Cenaba con ellas y todo el tiempo sentía ese escozor maravilloso. Esos días no llegaba a la cama, me tumbaba en el suelo y allí me entregaba a mi placer.
Un día del mes de agosto, a media tarde, iba yo caminando de regreso de la finca de los señores por un sendero de tierra y piedras que conducía a mi parcela, cuando escuché un golpeteo sordo. A lo lejos divisé dos hombres debajo de un almendro con unas largas varas golpeando las almendras no muy lejos del sendero. A medida que me acercaba escuchaba con mayor nitidez el golpeteo seco de esos largos palos, era rítmico y constante como una tonadilla. Decenas de veces lo había visto pero nunca había mirado. Esta vez paré y observé como las varas caían con rapidez sobre las almendras lanzándolas con violencia al suelo. Me impresionó su maestría con esos garrotes tan largos, yo creo que harían más de cuatro metros. La base bailaba entre las manos de aquellos hombres y la punta vibraba golpeando con increíble precisión. En lo alto del almendro había un nutrido grupo de almendras apretujadas unas contra otras. Hasta allí llegó la vara, golpeó sobre ellas a compás de una música inaudible, dos, tres, cuatro veces y las almendras se desprendieron una tras otra. Aquella noche mientras me pellizcaba veía las varas contonearse, adelante y atrás, batiendo con rapidez. La imagen no quería irse. Y yo fluía sin parar. Agotada me dormí pero a medianoche desperté escuchando de nuevo el ruido sordo de los golpes y la vibración del viento producido por las varas. Me levanté y sin darme cuenta que iba desnuda salí fuera, me dirigí a la leñera y elegí una rama seca, larga y algo gruesa. Jamás había visto mis pezones así, tenían el tamaño y el color de los dátiles. Entré en casa y sin pensármelo más descargué la rama sobre el vientre, una y otra vez, no miraba donde golpeaba, cerraba los ojos y disfrutaba del dolor que producía cada golpe.
Besos a todas

Los señores venían a la hacienda los meses de verano, luego marchaban y en invierno, los fines de semana, regresaba el señor para cazar en la finca. Así pues, sin hombre ni hijo a quien atender y con un trabajo que durante la mayoría de los meses no exigía mucha dedicación, empecé a disponer de horas, horas que jamás me habían pertenecido. Y sin saber cómo empecé a descubrir sensaciones y placeres que yo nunca hubiera imaginado que existieran.
Ya tendría yo treinta y ocho o treinta y nueve años; estaba lozana, con unas carnes prietas y abundantes, bajita y bicolor: parda como la tierra era la piel expuesta al sol y blanca como papel de fumar el resto. Ahhh, y negra, muy negra ahí abajo. Como ya comenté Jonás no era mucho de la cosa, así que me resigné y aprendí a prescindir. Aunque creo que mi cuerpo fue acumulando una necesidad, sino no entiendo el cambio. Empecé a dormir sin sujetador ni bragas debajo del camisón y enseguida me gustó esa sensación de libertad, ese frescor, mayor cuanto más separaba las piernas. Al poco prescindí de aquel camisón blanco y largo que me recordaba las noches con Jonás y me acostumbré a tocarme pero aunque me gustaba no conseguía complacerme del todo. Una noche descubrí mi clítoris, pequeñito, oculto bajo una piel rugosa, y no sé aún porqué pero lo pellizqué. Con el segundo pellizco tuve un pequeño espasmo, llegó rápido y por sorpresa. Interesada más que excitada lo volví a pellizcar ahora con mayor fuerza, lo retuve apretado contra mis uñas muchos segundos, hasta que sentí que el corazón me salía entre las piernas. Me retorcí, me convulsioné y me empapé toda de un líquido transparente y tibio. Recuerdo mi perplejidad ante el inmenso redondel dibujado en el centro de la sábana, jamás hubiera imaginado que eso pudiera suceder. Y ya no hubo noche que no me retorciera el clítoris, los pezones, los pezones y el clítoris, y los espasmos acudían a mí una y otra vez. Me asusté y pensé que estaba enferma, no podía ser normal que el dolor me produjera tanto placer. Por las mañanas trabajaba en la hacienda, por las tardes en la huerta de mi parcela, pero siempre esperando que llegara la noche. Tanto lo deseaba que a veces, después de la ducha y antes de cenar, ya me ponía dos pinzas de madera, de esas de tender, en los pezones. Cenaba con ellas y todo el tiempo sentía ese escozor maravilloso. Esos días no llegaba a la cama, me tumbaba en el suelo y allí me entregaba a mi placer.
Un día del mes de agosto, a media tarde, iba yo caminando de regreso de la finca de los señores por un sendero de tierra y piedras que conducía a mi parcela, cuando escuché un golpeteo sordo. A lo lejos divisé dos hombres debajo de un almendro con unas largas varas golpeando las almendras no muy lejos del sendero. A medida que me acercaba escuchaba con mayor nitidez el golpeteo seco de esos largos palos, era rítmico y constante como una tonadilla. Decenas de veces lo había visto pero nunca había mirado. Esta vez paré y observé como las varas caían con rapidez sobre las almendras lanzándolas con violencia al suelo. Me impresionó su maestría con esos garrotes tan largos, yo creo que harían más de cuatro metros. La base bailaba entre las manos de aquellos hombres y la punta vibraba golpeando con increíble precisión. En lo alto del almendro había un nutrido grupo de almendras apretujadas unas contra otras. Hasta allí llegó la vara, golpeó sobre ellas a compás de una música inaudible, dos, tres, cuatro veces y las almendras se desprendieron una tras otra. Aquella noche mientras me pellizcaba veía las varas contonearse, adelante y atrás, batiendo con rapidez. La imagen no quería irse. Y yo fluía sin parar. Agotada me dormí pero a medianoche desperté escuchando de nuevo el ruido sordo de los golpes y la vibración del viento producido por las varas. Me levanté y sin darme cuenta que iba desnuda salí fuera, me dirigí a la leñera y elegí una rama seca, larga y algo gruesa. Jamás había visto mis pezones así, tenían el tamaño y el color de los dátiles. Entré en casa y sin pensármelo más descargué la rama sobre el vientre, una y otra vez, no miraba donde golpeaba, cerraba los ojos y disfrutaba del dolor que producía cada golpe.
martes, 29 de junio de 2010
En lo alto del almendro
Bueno, aquí está, la primera parte del nuevo y tardío relato. En unos días llegará la segunda, lo que aún no sé es cuántas partes tendrá. Espero que os guste, ya comentareis. Un beso a todas
Pd. No sé si la fuente del texto os resulta demasiado pequeña, decid cosas, gracias
Nunca imaginé que mis gustos pudieran definirse con una serie de letras: la “s”, la “m”, la “d”, no sé, creo que hay más pero no me acuerdo. Van por orden y deben leerse juntas. Bueno, esto es lo que me ha dicho el señor, pues yo no sé mucho de letras.
Yo soy Remedios, la del arroyo, pues un arroyo de agua transparente y tibia brota en las tierras donde nací. Unas tierras de cultivo llanas, ásperas, que absorbían todo el trabajo y el esfuerzo de mi padre y mis tres hermanos mayores. Hombres del campo, rudos, curtidos como el cuero, exigentes y nada dados a las contemplaciones.
Como iba diciendo, las letras y yo nunca llegamos a congeniar aunque quizá fuera sólo por una cuestión de tiempo, pues, a los catorce años, mi padre consideró que ya era demasiado mayor para seguir en el colegio, madre no podía con todo, tenía que ayudarla. Lo acepté como se aceptaban las cosas en casa, sin abrir boca, pues si la abrías te la cerraba padre de un guantazo. Ellos trabajaban la tierra de sol a sol además de criar ovejas, cabras y cerdos; para madre y para mí las labores de la casa y la huerta, sin descanso, sin quejas y ay de nosotras si descuidábamos algún quehacer o incumplíamos alguna obligación que afectase su bienestar.
Siempre recordaré ese día de siega; llevaban muchas horas trabajando como las bestias bajo el insoportable sol de agosto y yo debía llevarles el botijo de agua fría con anís seco para beber y refrescar sus gargantas. Tendría quince o dieciséis años, el botijo era muy pesado y mientras me acercaba iba mirando como el sudor descendía por sus caras, empapaba sus camisas arremangadas, contemplaba las briznas de trigo pegadas a sus pieles, a la ropa, tropecé, y el botijo de barro golpeó contra el suelo abriéndose como un melón maduro y el agua fluyó sobre tierra y mieses. De rodillas, alcé la vista hacia mi padre y vi como sus ojos acompañaban el reguero de agua que desaparecía en la tierra, vi sus labios resecos por el sol, perfilados por una blanca saliva reseca pronunciar “maldita niña estúpida”, vi sus zarpas de oso desprender la correa del pantalón, y no vi más, sólo sentí. Sin preocuparse de la presencia de mis hermanos, me tumbó sobre una bala de paja próxima, levantó mi vestido más allá de la cintura, y descargó su furia sobre mis nalgas hasta que se apaciguó. Acepté el castigo sin gritar, inmovilizada por la vergüenza que sentía ante la exposición de mi culo a los ojos de todos.
Nada cambió al casarme con Jonás, un labriego del pueblo, alto, delgado y con unas enormes cejas que se juntaban sobre su nariz. Vivíamos en una pequeña parcela propiedad de su familia y mientras él se deslomaba trabajando las tierras de un señorito de la ciudad, yo lo servía como hacía en casa, la del arroyo. Jamás, al llegar sucio y exhausto, tuvo que esperar la comida, nunca le faltó la ropa limpia y planchada colocada en su armario. Ni necesidad de pedir tenía. La casa relucía y cuando pisaba el piso con las botas llenas de barro o tierra, antes de que pudiera darse cuenta ya estaba yo arrodillada para fregarlo sin abrir boca. Por las noches estaba muy cansado así que casi nunca me tocaba, alguna vez armada de valor me atrevía a buscarlo en la cama, pues deseaba tener un hijo, pero solía empujarme con su brazo nervioso acompañado de algún gruñido, entonces yo me retiraba a mi lado y no insistía, esperando que alguna tarde quisiera tumbarme sobre la mesa de la cocina y satisfacerse. Los martes eran iguales a los lunes, los miércoles a los martes, y así hasta llegar al domingo. Era mi día preferido, el día que íbamos a la iglesia del pueblo. Ese día Jonás dejaba que lo aseara. Empezaba con el afeitado, a navaja, claro, luego el baño, una vez vestido con su traje marrón le hacía el nudo de la corbata, y para finalizar lo peinaba.
Así semana tras semana hasta que un día Jonás cayó del tractor y el arado le pasó por encima. Los de la funeraria quisieron amortajarlo, pero Remedios, la del arroyo, no iba a permitir que nadie tocara a su hombre. Con lágrimas en los ojos lo limpié, afeité y vestí por última vez.
El día del funeral el señor vino expresamente de la ciudad para darme sus condolencias y muy atentamente me ofreció el jornal de Jonás a cambio de trabajar de criada y cocinera en su hacienda.
Pd. No sé si la fuente del texto os resulta demasiado pequeña, decid cosas, gracias

Nunca imaginé que mis gustos pudieran definirse con una serie de letras: la “s”, la “m”, la “d”, no sé, creo que hay más pero no me acuerdo. Van por orden y deben leerse juntas. Bueno, esto es lo que me ha dicho el señor, pues yo no sé mucho de letras.
Yo soy Remedios, la del arroyo, pues un arroyo de agua transparente y tibia brota en las tierras donde nací. Unas tierras de cultivo llanas, ásperas, que absorbían todo el trabajo y el esfuerzo de mi padre y mis tres hermanos mayores. Hombres del campo, rudos, curtidos como el cuero, exigentes y nada dados a las contemplaciones.
Como iba diciendo, las letras y yo nunca llegamos a congeniar aunque quizá fuera sólo por una cuestión de tiempo, pues, a los catorce años, mi padre consideró que ya era demasiado mayor para seguir en el colegio, madre no podía con todo, tenía que ayudarla. Lo acepté como se aceptaban las cosas en casa, sin abrir boca, pues si la abrías te la cerraba padre de un guantazo. Ellos trabajaban la tierra de sol a sol además de criar ovejas, cabras y cerdos; para madre y para mí las labores de la casa y la huerta, sin descanso, sin quejas y ay de nosotras si descuidábamos algún quehacer o incumplíamos alguna obligación que afectase su bienestar.
Siempre recordaré ese día de siega; llevaban muchas horas trabajando como las bestias bajo el insoportable sol de agosto y yo debía llevarles el botijo de agua fría con anís seco para beber y refrescar sus gargantas. Tendría quince o dieciséis años, el botijo era muy pesado y mientras me acercaba iba mirando como el sudor descendía por sus caras, empapaba sus camisas arremangadas, contemplaba las briznas de trigo pegadas a sus pieles, a la ropa, tropecé, y el botijo de barro golpeó contra el suelo abriéndose como un melón maduro y el agua fluyó sobre tierra y mieses. De rodillas, alcé la vista hacia mi padre y vi como sus ojos acompañaban el reguero de agua que desaparecía en la tierra, vi sus labios resecos por el sol, perfilados por una blanca saliva reseca pronunciar “maldita niña estúpida”, vi sus zarpas de oso desprender la correa del pantalón, y no vi más, sólo sentí. Sin preocuparse de la presencia de mis hermanos, me tumbó sobre una bala de paja próxima, levantó mi vestido más allá de la cintura, y descargó su furia sobre mis nalgas hasta que se apaciguó. Acepté el castigo sin gritar, inmovilizada por la vergüenza que sentía ante la exposición de mi culo a los ojos de todos.
Nada cambió al casarme con Jonás, un labriego del pueblo, alto, delgado y con unas enormes cejas que se juntaban sobre su nariz. Vivíamos en una pequeña parcela propiedad de su familia y mientras él se deslomaba trabajando las tierras de un señorito de la ciudad, yo lo servía como hacía en casa, la del arroyo. Jamás, al llegar sucio y exhausto, tuvo que esperar la comida, nunca le faltó la ropa limpia y planchada colocada en su armario. Ni necesidad de pedir tenía. La casa relucía y cuando pisaba el piso con las botas llenas de barro o tierra, antes de que pudiera darse cuenta ya estaba yo arrodillada para fregarlo sin abrir boca. Por las noches estaba muy cansado así que casi nunca me tocaba, alguna vez armada de valor me atrevía a buscarlo en la cama, pues deseaba tener un hijo, pero solía empujarme con su brazo nervioso acompañado de algún gruñido, entonces yo me retiraba a mi lado y no insistía, esperando que alguna tarde quisiera tumbarme sobre la mesa de la cocina y satisfacerse. Los martes eran iguales a los lunes, los miércoles a los martes, y así hasta llegar al domingo. Era mi día preferido, el día que íbamos a la iglesia del pueblo. Ese día Jonás dejaba que lo aseara. Empezaba con el afeitado, a navaja, claro, luego el baño, una vez vestido con su traje marrón le hacía el nudo de la corbata, y para finalizar lo peinaba.
Así semana tras semana hasta que un día Jonás cayó del tractor y el arado le pasó por encima. Los de la funeraria quisieron amortajarlo, pero Remedios, la del arroyo, no iba a permitir que nadie tocara a su hombre. Con lágrimas en los ojos lo limpié, afeité y vestí por última vez.
El día del funeral el señor vino expresamente de la ciudad para darme sus condolencias y muy atentamente me ofreció el jornal de Jonás a cambio de trabajar de criada y cocinera en su hacienda.
jueves, 24 de junio de 2010
He vuelto
Después de demasiados días he regresado a mi cofre de las fantasías, y con gran alegría he descubierto vuestros comentarios. Ahora, al saber que seguís visitándolo, tengo la obligación moral de volver a publicar. Y ateniéndome a lo dicho en mi última entrada, el tema será uno de los solicitados por vosotros-as. Así que os aseguro que en unos día estará la primera parte colgada, y la historia versará sobre....
miércoles, 26 de mayo de 2010
En preparación
Ya sé que hace tiempo que no he puesto ningún relato nuevo. Es que he empezado uno y aun está en fase de gestación. Aunque agradecería que si alguien tiene un especial interés o una particular fantasía respecto a alguna situación en concreto y le gustaría que hiciera un relato sobre ella, puede mandármela e intentaré crear una historia. A ver que sale. Mientras espero seguiré trabajando en el nuevo. Saludos.
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