El cofre

Antiguamente en estas cajas, con tapa y cerradura, se guardaban las cosas de valor. Si habéis abierto la cerradura de este cofre probablemente no encontréis nada de mucha valía. En él sólo hallareis mis escritos eróticos. Unos ciertos otros inventados. Pero todos creados con el mismo propósito: despertar el deseo y, quizá, la lujuria de nuestros sentidos.







viernes, 24 de septiembre de 2010

¿Hay alguien ahí?



Si hay alguien le pido mis más sinceras disculpas por este abandono temporal. Por esa lectora, que quizá espere, debo finalizar el relato. Y lo haré. Me obligaré y lo haré en breve. Pero entended que es difícil escribir para el silencio.

martes, 24 de agosto de 2010

El contramayoral



A la espera de la IV parte de "En lo alto del almendro" hoy he colgado un relato que escribí hace tiempo. No es erótico, por ese motivo he creado una página con su título: "El contramayoral". Lo encontraréis en el menú, en la parte izquierda de la pantalla. He pensado que el blog es un buen sitio para él, mejor aquí que en una carpeta de mi ordenador. Me gustaría saber vuestra opinión si decidís leerlo, pues es un relato al cual tengo un especial afecto. Gracias y feliz lectura.

jueves, 12 de agosto de 2010

En lo alto del almendro (III parte)

Bueno, por fin ya está aquí la tercera parte del relato. Si no hay ningún cambio queda pendiente una última entrega. Como siempre digo, espero que os guste tanto leerla como a mi escribirla. Ahh, no quiero olvidarme de dar las gracias a todas las nuevas lectoras por leerme y por ser tan amables en sus comentarios respecto a este cofre que es el de todos los que sentimos pasión por los sentidos. Un beso a todas.





Durante días tuve remordimientos y una profunda preocupación. Ya no tenía dudas: estaba enferma. Me avergoncé, también me preocupé y decidí no hacerlo más. Pero cada noche al pellizcarme añoraba la quemazón que me produjo la rama y debía reprimir la voluntad de salir a por una. Intentaba no pensar y no desear y me reprendía cuando sucedía; y cuanto mayor era el esfuerzo por alejar de mi mente esos pensamientos más presente era el deseo. Y esa lucha era algo horrible y desesperante que provocaba que por las noches no pudiera conciliar el sueño presa de una voluptuosidad incontrolable. Al fin sucedió lo que debía suceder: volví a la leñera y cogí del rincón de la esquina la rama que con toda maldad había tallado hasta convertirla en vara.
Tantos días de continencia y represión provocaron un castigo tan cruel como placentero. Esta vez no me limité a mi vientre; mis pechos y mis nalgas también fueron azotados con pasión. Comprobé que si conseguía que la vara impactase de lleno en mis carnes era mucho más placentero y en esas ocasiones, casi automáticamente, aparecía una fina línea roja sobre la piel blanca. Y por increíble que pueda parecer cuantas más líneas veía trazadas sobre mi cuerpo, mayor número deseaba y redoblaba mi ímpetu para conseguirlas. Con el sexo y los muslos empapados por mi líquido transparente y tibio, las nalgas calientes como ascuas y mi pecho izquierdo (pues no conseguía impactar con certeza en el derecho) surcado como un campo recién arado caí extenuada sobre la cama.
Varios días después, en la casa de los señores, y convencida que toda la familia había ido de compras al pueblo entré en el despacho privado del señor, pues sólo en su ausencia se me permitía limpiar esa habitación. Al abrir la puerta lo primero que vi fue al señor, sentado detrás del escritorio, mirando unos papeles. Tan sorprendida quedé que no sabía si cerrar la puerta sin decir nada y retirarme, si entrar, si hablar… al final, recuerdo que dije: “Perdone, pensé no estaba. Ya limpiaré en otro momento, siento haberle interrumpido”. “Da igual, no te preocupes, puedes limpiar. Pero hazlo en silencio Remedios”. “Sí señor”.
Poco a poco empecé a limpiar con mucha cautela. Recuerdo la incomodidad que sentía, ya fuera por su presencia o por el silencio empalagoso que nos separaba. Fui tranquilizándome y mis movimientos adquirieron mayor brío. Mientras trabajaba olía el aroma de su puro, un olor suave y agradable, a frutos tostados, a hojas quemadas. A pesar de la presencia del señor y de sentirme observada aumenté la intensidad. Inclinada sobre la fregona me desplazaba de un lado a otro sin percibir que mi bata estaba algo desabrochada y que con los movimientos de los brazos la parte superior de mis pechos eran completamente visibles.
El silencio se rompió por la educada y sonora voz del señor que retumbó en el despacho como el trueno que precede a la tormenta:
-Remedios, acérquese un momento.
Sorprendida obedecí con pasos cortos hasta pararme frente a él observando ascender la delgada línea gris del humo del cigarro.
-¿Se ha hecho daño?
Creo que en ese momento mi estómago dio un vuelco de ciento ochenta grados, o eso sentí. No respondí, pues no estaba segura de entender la pregunta. Al ver mi azoramiento se levantó, estiró el brazo por encima del escritorio y separó ligeramente las puntas de la bata con una seguridad que nunca imaginé. La bata se abrió y por encima del sujetador, en el pecho izquierdo, destacaban varias marcas no muy profundas, lineales, del color del vino tinto. Al verlas enrojecí como una fresa. Y el señor, sin soltar el vestido, no dejaba de escrutar las heridas. Dí unos pasos hacia atrás y desprendió la mano, “trabajando en mi huerto”, me apresuré a responder y sin esperar a que volviera a preguntar recogí el cubo, la fregona, los trapos y salí huyendo.
Durante días maldije mi estupidez por haberme descuidado de esa manera y cada día esperaba que el señor me comunicara que ya no me necesitaban. Durante ese tiempo volví a guardar la vara en la leñera.
Una tarde finalizada mi jornada estaba plantando en mi huerto cuando un mozito a su servicio vino para comunicarme que debía ir enseguida.
Temerosa ante el aviso y augurando mi despido me lavé la cara, los brazos, aseé el pelo, cambié mis zapatos embarrados y partí deprisa.
Encontré al señor sentado en la butaca del comedor; yo estaba nerviosa y él, relajado, sostenía una copa de brandy en la mano y fumaba uno de sus cigarros. Me había mandado llamar porque quería saber si podía limpiar la bodega esa misma tarde pues mañana recibía invitados y quería mostrarla. Ante mi silencio, fruto del sosiego producido por la petición, el señor insistió preguntando si podía adecentarla aunque sólo fuera un poco, y lo hizo con una mirada que nunca antes había visto. Sus pequeños ojos brillaban como los de un gato en la oscuridad y recorrían mi cuerpo de arriba abajo, sin prisa y con bastante descaro. Me avergoncé porque me sentí completamente desnuda delante de él y tuve la seguridad que mi vestido gastado y algo sucio no ocultaba nada a su mirada. Ruborizada y deseosa por proteger mi desnudez, respondí que ahora mismo empezaba.

jueves, 5 de agosto de 2010

En breve


Hoy he encontrado esta maravillosa foto y enseguida me ha recordado las maravillosas nalgas de Remedios. Pues así son las suyas: bien formadas, con líneas gruesas y poderosas, carnosas, de piel blanca que reclaman atención. Y entonces he caído en la cuenta que aun no sabéis nada de sus encantadoras posaderas; lo siento, os aseguro que en breve estará la tercera parte -no la última- del relato para todos los que lo siguen (a pesar de que las entregas lleguen tan espaciadas unas de otras; lo sé) Mientras, espero que esta imagen os despierte muchas y variadas sensaciones. Un beso

lunes, 5 de julio de 2010

En lo alto del almendro (II parte)

Aquí está la segunda parte y puedo deciros que continuará...
Besos a todas







Los señores venían a la hacienda los meses de verano, luego marchaban y en invierno, los fines de semana, regresaba el señor para cazar en la finca. Así pues, sin hombre ni hijo a quien atender y con un trabajo que durante la mayoría de los meses no exigía mucha dedicación, empecé a disponer de horas, horas que jamás me habían pertenecido. Y sin saber cómo empecé a descubrir sensaciones y placeres que yo nunca hubiera imaginado que existieran.
Ya tendría yo treinta y ocho o treinta y nueve años; estaba lozana, con unas carnes prietas y abundantes, bajita y bicolor: parda como la tierra era la piel expuesta al sol y blanca como papel de fumar el resto. Ahhh, y negra, muy negra ahí abajo. Como ya comenté Jonás no era mucho de la cosa, así que me resigné y aprendí a prescindir. Aunque creo que mi cuerpo fue acumulando una necesidad, sino no entiendo el cambio. Empecé a dormir sin sujetador ni bragas debajo del camisón y enseguida me gustó esa sensación de libertad, ese frescor, mayor cuanto más separaba las piernas. Al poco prescindí de aquel camisón blanco y largo que me recordaba las noches con Jonás y me acostumbré a tocarme pero aunque me gustaba no conseguía complacerme del todo. Una noche descubrí mi clítoris, pequeñito, oculto bajo una piel rugosa, y no sé aún porqué pero lo pellizqué. Con el segundo pellizco tuve un pequeño espasmo, llegó rápido y por sorpresa. Interesada más que excitada lo volví a pellizcar ahora con mayor fuerza, lo retuve apretado contra mis uñas muchos segundos, hasta que sentí que el corazón me salía entre las piernas. Me retorcí, me convulsioné y me empapé toda de un líquido transparente y tibio. Recuerdo mi perplejidad ante el inmenso redondel dibujado en el centro de la sábana, jamás hubiera imaginado que eso pudiera suceder. Y ya no hubo noche que no me retorciera el clítoris, los pezones, los pezones y el clítoris, y los espasmos acudían a mí una y otra vez. Me asusté y pensé que estaba enferma, no podía ser normal que el dolor me produjera tanto placer. Por las mañanas trabajaba en la hacienda, por las tardes en la huerta de mi parcela, pero siempre esperando que llegara la noche. Tanto lo deseaba que a veces, después de la ducha y antes de cenar, ya me ponía dos pinzas de madera, de esas de tender, en los pezones. Cenaba con ellas y todo el tiempo sentía ese escozor maravilloso. Esos días no llegaba a la cama, me tumbaba en el suelo y allí me entregaba a mi placer.
Un día del mes de agosto, a media tarde, iba yo caminando de regreso de la finca de los señores por un sendero de tierra y piedras que conducía a mi parcela, cuando escuché un golpeteo sordo. A lo lejos divisé dos hombres debajo de un almendro con unas largas varas golpeando las almendras no muy lejos del sendero. A medida que me acercaba escuchaba con mayor nitidez el golpeteo seco de esos largos palos, era rítmico y constante como una tonadilla. Decenas de veces lo había visto pero nunca había mirado. Esta vez paré y observé como las varas caían con rapidez sobre las almendras lanzándolas con violencia al suelo. Me impresionó su maestría con esos garrotes tan largos, yo creo que harían más de cuatro metros. La base bailaba entre las manos de aquellos hombres y la punta vibraba golpeando con increíble precisión. En lo alto del almendro había un nutrido grupo de almendras apretujadas unas contra otras. Hasta allí llegó la vara, golpeó sobre ellas a compás de una música inaudible, dos, tres, cuatro veces y las almendras se desprendieron una tras otra. Aquella noche mientras me pellizcaba veía las varas contonearse, adelante y atrás, batiendo con rapidez. La imagen no quería irse. Y yo fluía sin parar. Agotada me dormí pero a medianoche desperté escuchando de nuevo el ruido sordo de los golpes y la vibración del viento producido por las varas. Me levanté y sin darme cuenta que iba desnuda salí fuera, me dirigí a la leñera y elegí una rama seca, larga y algo gruesa. Jamás había visto mis pezones así, tenían el tamaño y el color de los dátiles. Entré en casa y sin pensármelo más descargué la rama sobre el vientre, una y otra vez, no miraba donde golpeaba, cerraba los ojos y disfrutaba del dolor que producía cada golpe.

martes, 29 de junio de 2010

En lo alto del almendro

Bueno, aquí está, la primera parte del nuevo y tardío relato. En unos días llegará la segunda, lo que aún no sé es cuántas partes tendrá. Espero que os guste, ya comentareis. Un beso a todas
Pd. No sé si la fuente del texto os resulta demasiado pequeña, decid cosas, gracias




Nunca imaginé que mis gustos pudieran definirse con una serie de letras: la “s”, la “m”, la “d”, no sé, creo que hay más pero no me acuerdo. Van por orden y deben leerse juntas. Bueno, esto es lo que me ha dicho el señor, pues yo no sé mucho de letras.
Yo soy Remedios, la del arroyo, pues un arroyo de agua transparente y tibia brota en las tierras donde nací. Unas tierras de cultivo llanas, ásperas, que absorbían todo el trabajo y el esfuerzo de mi padre y mis tres hermanos mayores. Hombres del campo, rudos, curtidos como el cuero, exigentes y nada dados a las contemplaciones.
Como iba diciendo, las letras y yo nunca llegamos a congeniar aunque quizá fuera sólo por una cuestión de tiempo, pues, a los catorce años, mi padre consideró que ya era demasiado mayor para seguir en el colegio, madre no podía con todo, tenía que ayudarla. Lo acepté como se aceptaban las cosas en casa, sin abrir boca, pues si la abrías te la cerraba padre de un guantazo. Ellos trabajaban la tierra de sol a sol además de criar ovejas, cabras y cerdos; para madre y para mí las labores de la casa y la huerta, sin descanso, sin quejas y ay de nosotras si descuidábamos algún quehacer o incumplíamos alguna obligación que afectase su bienestar.
Siempre recordaré ese día de siega; llevaban muchas horas trabajando como las bestias bajo el insoportable sol de agosto y yo debía llevarles el botijo de agua fría con anís seco para beber y refrescar sus gargantas. Tendría quince o dieciséis años, el botijo era muy pesado y mientras me acercaba iba mirando como el sudor descendía por sus caras, empapaba sus camisas arremangadas, contemplaba las briznas de trigo pegadas a sus pieles, a la ropa, tropecé, y el botijo de barro golpeó contra el suelo abriéndose como un melón maduro y el agua fluyó sobre tierra y mieses. De rodillas, alcé la vista hacia mi padre y vi como sus ojos acompañaban el reguero de agua que desaparecía en la tierra, vi sus labios resecos por el sol, perfilados por una blanca saliva reseca pronunciar “maldita niña estúpida”, vi sus zarpas de oso desprender la correa del pantalón, y no vi más, sólo sentí. Sin preocuparse de la presencia de mis hermanos, me tumbó sobre una bala de paja próxima, levantó mi vestido más allá de la cintura, y descargó su furia sobre mis nalgas hasta que se apaciguó. Acepté el castigo sin gritar, inmovilizada por la vergüenza que sentía ante la exposición de mi culo a los ojos de todos.
Nada cambió al casarme con Jonás, un labriego del pueblo, alto, delgado y con unas enormes cejas que se juntaban sobre su nariz. Vivíamos en una pequeña parcela propiedad de su familia y mientras él se deslomaba trabajando las tierras de un señorito de la ciudad, yo lo servía como hacía en casa, la del arroyo. Jamás, al llegar sucio y exhausto, tuvo que esperar la comida, nunca le faltó la ropa limpia y planchada colocada en su armario. Ni necesidad de pedir tenía. La casa relucía y cuando pisaba el piso con las botas llenas de barro o tierra, antes de que pudiera darse cuenta ya estaba yo arrodillada para fregarlo sin abrir boca. Por las noches estaba muy cansado así que casi nunca me tocaba, alguna vez armada de valor me atrevía a buscarlo en la cama, pues deseaba tener un hijo, pero solía empujarme con su brazo nervioso acompañado de algún gruñido, entonces yo me retiraba a mi lado y no insistía, esperando que alguna tarde quisiera tumbarme sobre la mesa de la cocina y satisfacerse. Los martes eran iguales a los lunes, los miércoles a los martes, y así hasta llegar al domingo. Era mi día preferido, el día que íbamos a la iglesia del pueblo. Ese día Jonás dejaba que lo aseara. Empezaba con el afeitado, a navaja, claro, luego el baño, una vez vestido con su traje marrón le hacía el nudo de la corbata, y para finalizar lo peinaba.
Así semana tras semana hasta que un día Jonás cayó del tractor y el arado le pasó por encima. Los de la funeraria quisieron amortajarlo, pero Remedios, la del arroyo, no iba a permitir que nadie tocara a su hombre. Con lágrimas en los ojos lo limpié, afeité y vestí por última vez.
El día del funeral el señor vino expresamente de la ciudad para darme sus condolencias y muy atentamente me ofreció el jornal de Jonás a cambio de trabajar de criada y cocinera en su hacienda.

jueves, 24 de junio de 2010

He vuelto

Después de demasiados días he regresado a mi cofre de las fantasías, y con gran alegría he descubierto vuestros comentarios. Ahora, al saber que seguís visitándolo, tengo la obligación moral de volver a publicar. Y ateniéndome a lo dicho en mi última entrada, el tema será uno de los solicitados por vosotros-as. Así que os aseguro que en unos día estará la primera parte colgada, y la historia versará sobre....

miércoles, 26 de mayo de 2010

En preparación

Ya sé que hace tiempo que no he puesto ningún relato nuevo. Es que he empezado uno y aun está en fase de gestación. Aunque agradecería que si alguien tiene un especial interés o una particular fantasía respecto a alguna situación en concreto y le gustaría que hiciera un relato sobre ella, puede mandármela e intentaré crear una historia. A ver que sale. Mientras espero seguiré trabajando en el nuevo. Saludos.

miércoles, 19 de mayo de 2010

La madre y la hija (III parte)

Os dejo el final del relato. Como suelo decir...feliz lectura.






A mi madre le encantaba dejarse tocar delante de mí como parte del propio juego de la exhibición. Yo envidiaba su atrevimiento y me excitaba muchísimo ver como se dejaba hacer por manos desconocidas, torpes e impacientes. Una vez dos obreros regresaban del trabajo junto a nosotras en el bus con su olor a cemento, aceite, polvo, a desencanto. Extasiados por la visión que ofrecíamos, el más viejo de ellos introdujo su mano grande y sucia debajo del vestido de mi madre. El otro hombre y yo seguíamos con la mirada el recorrido de esa mano oculta bajo la tela, ahora sobre las curvadas ancas ahora entre los muslos; encorajinado intentó lo mismo conmigo. Yo al sentir el tacto de esa piel ajena, callosa, me aparté.

Creo que el compartimento huele a mi flujo, tan abundante y espeso es. Mientras pienso que debo calmarme, el hombre con una tranquilidad pasmosa se desabrocha los botones de la bragueta del pantalón y mirándome saca un miembro oscuro, muy largo y fino.
Lo tiene en la mano y se lo acaricia despacio. Es la primera vez que me ocurre algo parecido, no sé que hacer. Lo observo. Me pregunto qué haría mi madre en esta situación.
La corredera de cristal del compartimento se abre con un ruido de rail y entra una mujer con cuatro niños alrededor. El hombre sin esconder su miembro lo cubre con el periódico. La mujer me mira para preguntar algo y se fija en mis pezones descarados, altivos, desciende su mirada hacia mis piernas abiertas y luego hacia el periódico que oculta el miembro del hombre.
“Perdón” dice y empujando a los niños les indica que no se paren, que no caben. Tan pronto como cierra la corredera el hombre levanta el periódico y su miembro me apunta acusadoramente. Tengo miedo y no sé que hacer, así que decido emprender la huida. Me levanto y me inclino para coger la americana permitiendo que vea por última vez mi braga empapada. Una mano caliente, febril se introduce debajo de mi falda y palpa mi sexo cubierto. Intento cerrar las piernas, estoy asustada. Hace fuerza, ahora con dos manos sobre mis muslos, impidiendo que los cierre. Tiene más fuerza que yo voluntad, y mis muslos vuelven a quedar abiertos. Un dedo ha eludido las bragas y ha entrado en mí. No hago nada. Quiero huir pero no puedo. Suspiro. Dos dedos. Suspiro. Me corro con los dedos dentro. Aun siento los espasmos cuando soy arrastrada hacia atrás y sin saber cómo estoy sentada sobre él. Siento la dureza de ese miembro delgado en lo más profundo de mi cuerpo. No quiero mirar. No quiero irme. Quiero que mi madre estuviera para verme. Pienso en ella y empiezo a moverme. Sus manos cogen mis pechos y se aferran a mis pezones que parecen percheros. Sólo unos segundos y vuelvo a correrme de nuevo pero no me levanto. Sigo. Ahora puedo oírlo a él. Explota y su líquido desciende por su miembro. Me incorporo de un salto y sin girarme salgo del compartimento. Recorro el pasillo y abro la ventanilla, saco la cabeza fuera. El aire del verano golpea en la sonrisa de mi cara, el altavoz anuncia la llegada a la estación y allí, en el andén, encontraré a mi madre esperando para irnos juntas a meternos desnudas en la piscina de plástico hinchable que ha instalado en su jardín no muy lejos de los balcones de los vecinos.

miércoles, 12 de mayo de 2010

La madre y la hija (II parte)

Hoy no puedo empezar de otra forma que no sea agradeciendo vuestros comentarios. Gracias por dejar por escrito vuestras opiniones, de verdad...gracias.
Creo que la mejor manera de agradeceroslo es poner la segunda parte de este nuevo relato. Espero que las letras y la imaginación os consigan transportar a la escena. Feliz lectura.






Recuerdo la primera vez que lo vi. Fue en un autobús abarrotado, nosotras estábamos en el pasillo pues no había sitio para sentarse. En ciertos momentos con el traqueteo los que estábamos en el pasillo nos balanceábamos e incluso nos desplazábamos hacia delante o atrás. Con uno de esos vaivenes un hombre quedó pegado al vestido de mi madre, con la entrepierna ajustada entre sus nalgas mientras ella permanecía de pie ignorándolo como si nada ocurriera. Casi a la atura de mis ojos pude ver el pantalón del hombre abultarse más y más mientras no cesaba de presionar con su cuerpo. Entonces mi madre me cogió por los hombros y me giró hacia delante, apartando mi mirada del pantalón. Yo no podía verlo pero a través de sus brazos podía sentir como ella se movía. Cuánto deseé mirarla pero aun no me dejaba.

Abro más las piernas, el señor se está acalorando y yo derritiendo. Disfruto de la viscosidad que siento en la tela, en el vello, en toda la vagina. La señora de mi izquierda ha perdido el interés por el crucigrama y observa el desasosiego que domina al hombre. Una de las lianas se ha desprendido y cuelga sobre su frente. Deseo quitarme la chaqueta para que también pueda mirar mis pechos. Esperaré, que aguante un poco más.

A los diecisiete ya había terminado de crecer. Mis pechos eran grandes pero insuficientes comparados con los de mi madre; sin embargo, ya tenía un monte como el suyo. La misma mata abundante, rizada y muy negra que lucía orgullosa en las tardes de verano desde la piscina de plástico ante algún vecino. Pensé que ya estaba en condiciones de ser deseada con la misma intensidad que ella. Cuando salíamos de casa para pasear y teníamos que coger el autobús, el tren o un taxi yo siempre elegía alguna camiseta ceñida, ajustadita y me la ponía sin sujetador para destacar mis adolescentes y rígidos pechos. Mi madre, por el contrario, siempre se ponía sujetador y camisa desabrochada para formar un opulento escote. Creo que se ponía los sujetadores más pequeños que tenía pues sus pechos parecían el doble de grandes de lo que ya eran y sobresalían por encima de la camisa imponentes, juntos y redondos. Una vez entre la multitud poquísimos eran los hombres que se fijaban en los míos.

La señora vestida de negro se ha bajado en una parada no sin antes dejar una mirada de recriminación en el pequeño compartimento que ahora ocupamos sólo el hombre y yo. Es mayor, tiene cara de cansado y de infelicidad. Sus ojos brillan como bolas de cristal y evidencian la lejanía de un deseo similar. Me agrada, así que me quito la chaqueta y mis pezones aparecen como dos confites de chocolate bajo la camiseta. Él sonríe sin malicia. Yo dejo la chaqueta sobre el asiento y abro de nuevo las piernas, esta vez temerosa. Ahora estamos solos y el hombre podría tomar alguna iniciativa. Quizá piense que quiero que me toque, no, eso no, tú mira, excítate y excítame, sólo eso.

viernes, 7 de mayo de 2010

La madre y la hija (I parte)

Al crear el blog no imaginé que sería tan difícil conseguir que fuera visitado y en consecuencia, leído. Se agotan los textos que tenía preparados sin conseguir aumentar ni las visitas ni las opiniones, lo que me induce a pensar que no despierta el interés que creí podía tener. En estos momentos de dudas respecto a si continuar o no con el blog, cuelgo la primera parte de un nuevo relato. Y te lo dedico a tí, lectora anónima, por estar desde el principio y, sobre todo, por haber dejado tus comentarios en cada uno de mis textos. Gracias.





Como cada viernes voy camino de Salou a visitar a mi madre en el viejo tren de cuatro vagones. Recuerdo que fue durante mi último curso en la facultad cuando se marchó para vivir con aquel hombre y desde entonces, hace ya dos años, no he dejado de visitarla ninguna semana. Cada vagón tiene varios compartimentos en forma de pequeñas cajas de cerillas con rígidos bancos de piel cuarteada a ambos lados. Hoy, en el trayecto, sentada a mi izquierda hay una señora vestida de negro con una bolsa de mimbre sujeta entre las piernas haciendo crucigramas, y, justo frente a mí, uno de esos señores que intentan camuflar su calvicie lanzando larguísimos pelos a modo de lianas de un lado hacia el otro. Ya hace varios minutos que ese hombre, oculto detrás de un periódico, no consigue desviar la mirada de mis bragas de algodón. Las mira porque yo se las enseño. Quiero que las mire. Las piernas están abiertas y los muslos descubiertos, sin medias, fugados de la corta falda de cuadros escoceses.
Mis amigas no comparten mis gustos, creo que aun no lo entienden. El exhibicionismo es el acto más egoísta que existe. Yo intento explicárselo con una fórmula casi matemática: exhibición por deseo despertado es igual a placer recibido. Mi madre sí lo tenía claro, es más, era una experta en la aplicación de la fórmula.

Vivíamos los tres en los bajos de un desconchado edificio de una zona obrera. Mi padre nunca tuvo mucho interés en ninguna de nosotras, su único interés eran las cartas y, sobretodo, el vino o cualquier otro alcohol; no andaba nunca por casa y si por alguna casualidad lo necesitábamos íbamos a buscarlo a la bodega de la esquina. Cada año a principios de verano mi madre instalaba la piscina de plástico hinchable en el pequeño patio interior de baldosas resecas. Yo adoraba las tardes porque era entonces cuando mi madre me metía desnuda en el agua y allí me dejaba. Durante todo el tiempo que estaba en remojo nunca había vecinos mirando; más tarde llegaba ella y me preguntaba si estaba fresca el agua mientras se iba despojando de toda su ropa hasta sentarse a mi lado. Jugábamos y gritábamos allí metidas y a los minutos aparecían los vecinos detrás de las ventanas. Y hasta que mi madre no salía de la piscina ellos no se iban. Yo también la miraba y deseaba tener toda esa mata negra entre las piernas, la quería tener igual que la suya, abundante y muy negra, rizada, y también quería sus tetas, gordas, muy gordas con unos pezones como mi meñique cuando estaban duros que era muy a menudo.

El hombre ya no evita mirar mis bragas blancas, ahora transparentes por la humedad, seguro. Fíjate bien y verás mis labios hinchados pegados a la tela, fíjate, así. Me da igual lo que piense, lo único que quiero es que no deje de mirarme, que se excite, que me desee, que quiera tocar pero no se atreva.

lunes, 3 de mayo de 2010

La joven condesa Florentine (IV parte)

Tras varios días de espera llega, al fin, la última parte. Como siempre deseo que el final os agrade y que hayáis disfrutado leyendo el relato. Un abrazo


A la mañana siguiente la joven condesa informó a la rolliza criada asignada al cuidado de las heridas de Pierre que la madre de su esposo había requerido de sus servicios y que debía partir inmediatamente hacia la mansión de París hasta nueva orden. Luego se tumbó sobre la cama con la abundante caballera negra sin recoger y esperó.
Con las primeras sombras de la noche los tacones de las botas de montar de la joven condesa sonaban en el silencio de las caballerizas como los cascos de las yeguas en el corral de los sementales. Al fondo, en la última cuadra, quemaba el farol y sobre el heno fresco yacía Pierre con su vendaje. Al verla su rostro adquirió la rigidez de una fusta. La joven condesa observó aquel rostro redondo y tostado y con un susurro cálido exclamó: “No te muevas. He venido a limpiar tu herida”. El olor de las caballerizas lo inundaba todo. La joven condesa se agachó, acarició la venda y deshizo el vendaje. La herida no estaba cerrada y olía a yodo. Apoyó los dedos sobre ella y apretó. Pierre no gimió. Presionó de nuevo donde las puntadas estaban más abiertas. Pierre apretaba las mandíbulas sin proferir ningún quejido. Anegada por su hombría Florentine cogió el garfio de hierro y deslizó su punta afilada por sus pechos que latían convulsos por encima del corsé. Luego lo enganchó con habilidad entre los cordones que cerraban la prenda. “Rómpelos. Libérame de los cordones”. Pierre dudó, escrutó los ojos brillantes de la joven condesa y escuchó sus jadeos impacientes, y arrodillado frente a ella tiró con fuerza hacia abajo. Los cordones no cedieron. Con el esfuerzo la herida se amorató y empezó a supurar. Florentine arrastró la lengua por la cicatriz y lamió la piel, la carne y la sangre. Un chasquido resonó, los cordones cedieron y los pechos aparecieron con sus pezones en punta y su areola arrugada. Florentine introdujo sin miedo la punta de hierro en el interior de su boca y la succionó mientras miraba a Pierre. De repente se levantó zafándose del largo vestido y se quedó desnuda a excepción de las medias y las botas de montar. Una yegua relincho. En esa posición apoyó la curva del garfio en el hueco de su vagina, empujó el metal y sintió como parte del acero entraba en ella frío y rígido provocando la llegada de orgasmo. Florentine inspiró varias veces seguidas y el olor de sudor seca, de paja, de estiércol y también de cuero la abrasó. Con su bota de montar inclinó el cuerpo de Pierre. Una vez tumbado sobre el forraje se encorvó sobre él y sacó su polla larga y gruesa como una mazorca de maíz. La sentía palpitar entre sus manos y sus venas parecían ríos azules dibujados en un mapa. También extrajo sus testículos y los apretó en su puño mientras introducía la polla en su boca. La saliva resbalaba por las comisuras al no poder cerrar los labios y manchaban el rizado vello de los testículos. Sabía como un fruto exótico excesivamente maduro, dulzón y empalagoso. Llegaron los primeros espasmos de Pierre y su glande se agrandó y un tibio y viscoso líquido le llenó la boca. Sin dejar de chupar lo tragó todo. Ya no quedaba nada que tragar pero Florentine siguió lamiendo y chupando. Pierre se agitaba sobre el heno y jadeaba igual que después de un gran esfuerzo. Florentine mordió el tronco de la polla y le clavó los dientes hasta que adquirió la misma consistencia de hacía unos minutos. Agarrándola con una mano se sentó sobre ella. Su carne cedió ante el empuje y sus labios la envolvieron con firmeza. Florentine empezó a cabalgar, su grupa subía y bajaba a un ritmo frenético. Nunca había sentido nada tan ardiente ni tan grande en su interior y jamás tan adentro. Golpeaba con todas sus fuerzas sus nalgas contra él, sintiendo el calor y la contracción de sus músculos. Gritó y metió la cabeza entre el heno y así recibió de nuevo el líquido caliente de Pierre que la quemaba por dentro. Tras unos segundos tumbada se incorporó y se quitó las briznas de heno pegadas a la cara y en los pechos. Pierre aún no había dicho nada, sudaba recostado con la herida abierta.
La joven condesa miró su rostro redondo y tostado como un pan de cebada, recogió el vestido, se giró y salió de las caballerizas.

martes, 27 de abril de 2010

La joven condesa Florentine (III parte)

Aquí está la tercera y penúltima parte del relato. En unos días tendréis el desenlace final. Saludos.


Cuando entró en las caballerizas los mozos de cuadra formaban un corro que se deshizo ante su presencia y apareció Pierre sentado, sin la casaca, en un taburete. Vestía una camisa blanca con botonadura dorada y de la boca de su manga izquierda sobresalía, en vez de la mano, un reluciente gancho de hierro. Inmediatamente Pierre se puso en pie y preguntó con su poderosa voz:
--¿Qué caballo desea la condesa que le ensille?
Ante unos segundos de duda la juvenil voz de la condesa respondió:
--Un potro joven.
Mientras un criado sujetaba al potro por la brida, Pierre le puso una preciosa mantilla con el blasón de la condesa sobre los lomos negros y poderosos; después, agarró la silla por el arzón y con el brazo derecho la colocó con esfuerzo sobre la bestia, jadeó, apretó los dientes, observó con desprecio la mancha roja que empezaba a extenderse a la altura del hombro izquierdo y empezó a apretar las cinchas a una mano con sorprendente rapidez y habilidad.
--Estás sangrando –advirtió con su cálida voz.
--No es importante condesa, las heridas pronto cicatrizarán.
--Quítate la camisa y deja que las vea.
Pierre obedeció y descubrió un prieto vendaje que cubría gran parte del amplio torso. La joven condesa se acercó y quitó el vendaje ensuciándose sus manos con la sangre y con una segregación maloliente de un color parecido al de la miel. Un tajo largo y profundo cruzaba el hombro y parte del pecho.
--¿Un sable? –preguntó recorriendo con los dedos la herida abierta.
El tacto pastoso de la sangre caliente que brotaba entre las puntadas de hilo, los latidos acelerados del corazón de Pierre y el calor de su piel velluda asfixiaban a la joven condesa provocando una pegajosa humedad entre sus labios.
--Estas heridas necesitan limpiarse y cambiarles el vendaje. Te mandaré una criada para que te haga una cura diaria –y diciendo esto la joven condesa montó, azuzó al potro y salió galopando de las cuadras hasta alcanzar los prados.
Florentine descabalgó de un salto y rodó sobre la hierba quedando boca arriba. Se levantó el vestido por encima del ombligo y con la mano manchada de sangre de Pierre se frotó los labios hasta inflarlos como nunca antes. Adquirieron el tamaño de dos gajos de mandarina, y al pincharlos con sus uñas derramaron todo su jugo en el interior de sus muslos.
Anochecía cuando la joven condesa paseaba cerca de las caballerizas y creyó oír un quejido. Escuchó. Risas apagadas y una voz femenina llegaban del interior. Avanzó por el pasillo central hacia la luz que surgía de la última cuadra. Una linterna pendida de un clavo alumbraba a la rolliza criada asignada al cuidado de las heridas de Pierre. La joven condesa se ocultó entre los múltiples arreos de los caballos y el olor de la piel, el cuero, la grasa empezó a impregnarla. La criada estaba tumbada sobre el heno, con su gorro desplazado, resollando mientras tiraba de unos pezones gordos y largos como cacahuetes. Mantenía puesta la falda y del interior de sus enaguas sobresalía el cuerpo desnudo de Pierre. Podía ver sus nalgas endurecidas y sus testículos formando una bolsa compacta, colgante y llena como la de los potros. Un brillo metálico centró su atención. Era el gancho, deliciosamente curvado, puntiagudo como sus espuelas, salvaje. La joven condesa apoyó la espalda contra la fría piedra de la pared, húmeda, temblorosa hasta que con el estallido de la criada huyó buscando la intimidad de sus aposentos.

viernes, 23 de abril de 2010

La joven condesa Florentine (II parte)

Hoy, día de Sant Jordi pongo la segunda parte del relato. Y avanzo que con toda seguridad habrá, al menos, dos entregas más. Espero que los intervalos de tiempo entre capítulo y capítulo os permitan seguir con facilidad la historia del relato. Feliz día del libro y sensual lectura.




A las pocas semanas de su matrimonio estalló la guerra contra Prusia y el capitán de dragones marchó al frente. En su ausencia la joven condesa se acostumbró a desayunar con la larga melena suelta en sus aposentos junto a un gran ventanal orientado hacia las caballerizas. A través del cristal llegaban los relinchos, el ruido metálico del martillo al golpear las herraduras, y la profunda y atronadora voz del encargado ordenando a los mozos de cuadra. Mientras trenzaba su abundante cabello observaba con deleite los cepillos de rígidas púas desenmarañar las crines de las bestias, como frotaban sus costados con fuerza y restregaban con las esponjas empapadas sus cuartos traseros. Al verlo la joven condesa inconscientemente levantaba los suyos esperando que también la frotaran, la lavaran o la montaran. Una vez compuesto el moño con las trenzas se desprendía de la camisa de dormir y desnuda, acariciándose los labios hinchados y humedecidos ante el brío de los potros y, sobre todo, por la visión de los sementales, elegía un vestido de montar ligero y sin ropa interior se dirigía a las cuadras. En el pasillo central de las caballerizas, delante de las puertas de los establos, esperaba Pierre, el criado encargado de las cuadras. La joven condesa ignoraba su edad – aunque no era mayor de veintitrés—pero reconocía con claridad ese picor íntimo ante la robustez de sus piernas arqueadas y la abundancia de su vello salvaje y la quemazón al acercarse a él pues olía como los potros jóvenes. Una mezcla de sudor seca, de paja, de estiércol y también de cuero. Sin embargo, odiaba su rostro redondo y tostado como un pan de cebada porque le recordaba su origen campesino.
Sólo Pierre podía guarnecer el caballo que la joven condesa elegía montar y mientras lo hacía ella, a su lado, inhalaba ese aroma intenso que la turbaba. La joven condesa, antes de montar, siempre recorría con sus dedos la piel de la silla para comprobar que estaba correctamente engrasada; luego Pierre la izaba y ella salía trotando hasta llegar a los prados más alejados de la propiedad. Entonces Florentine paraba el caballo, se subía el vestido y se sentaba a horcajadas sobre la silla a la manera de los hombres, y al primer contacto de su sexo sobre la curtida piel engrasada se estremecía; golpeaba con los talones los costados con energía hasta alcanzar un vibratorio y rítmico galope, soltaba las bridas y se agarraba al cuello del corcel restregándose en la montura hasta que sus labios estaban tan hinchados por el roce que unas punzadas de intensísimo placer la recorrían. Cuando sentía la inminencia del orgasmo introducía su nariz entre las crines y recuperaba el olor de sudor seca, de paja, de estiércol y también de cuero.
Meses después de iniciada la guerra recibió una carta de su marido desde la línea del frente. Pierre debía presentarse en la caja de reclutas para alistarse como voluntario en el 8º Regimiento de Dragones.
Aunque continuó observando a los potros y a los sementales la joven condesa dejó de cabalgar a diario y cuando lo hacía sus orgasmos eran secos y breves como cuando era muy niña.
Una mañana llegó un coche de caballos por la avenida que conducía a la residencia. Desde su habitación vio descender a Pierre uniformado de Dragón; con su brillante casco de cobre adornado con las crines negras de caballo, los correajes blancos, su guerrera azul y los pantalones rojos su aspecto era majestuoso “aunque seguía siendo un criado”. Sin poder evitarlo los dedos de la joven condesa descendieron hacia su vagina y al quedar impregnados de un flujo espeso, abundante y caliente los retiró de golpe y con el puño cerrado golpeó la mesa con rabia hasta que Pierre pasó por debajo del ventanal y pudo ver como la manga izquierda de la guerrera colgaba vacía por su costado.
Florentine se desnudó, eligió su traje de montar más sutil y se dirigió a las cuadras.

lunes, 19 de abril de 2010

La joven condesa Florentine (I parte)

Esta es la primera entrega de mi nuevo relato ambientado durante el mandato del emperador Napoleón III en el II Imperio Francés. Deseo que os divirtáis leyéndolo tanto como yo escribiéndolo. Saludos.


Aunque recibió una educación acorde con su condición de condesa ningún pedagogo ni ninguna institutriz le dijo nada al respecto; lo descubrió, casi por casualidad, siendo muy niña en la bañera. Florentine abría las piernas y estiraba sus finos labios sonrosados una y otra vez y luego los restregaba con la esponja mojada hasta sentir esa agradable quemazón. Pronto ese escozor llegó acompañado de una húmeda viscosidad que se adhería a las yemas de sus diminutos dedos. Con el tiempo su cuerpo adquirió la forma de una guitarra y vibraba emitiendo placenteros gemidos. La joven condesa aunque anhelaba a diario ser penetrada y sudar hasta desbocarse, sabía que debía mantenerse doncella hasta el día de su matrimonio. Quien no sabía de normas ni prohibiciones era su cuerpo y éste le ofreció un refugio de placer. Cada noche con los ojos inflamados y las pecas de las mejillas encendidas Florentine lubricaba con aceite una larga vela de cera y, acto seguido, la entrada a esa pequeña gruta oculta entre sus nalgas. Primero empezaba con un dedo, despacio, moviéndolo en su interior hasta sentir la garganta seca por el deseo, y justo en ese momento lo sustituía por la vela.
La joven condesa fue desposada a los dieciséis años con un oficial de caballería del Emperador veintitrés años mayor que ella. La noche de nupcias tendida con un camisón de hilo sobre la cama y la abundante cabellera negra sin recoger esperaba ansiosa e ilusionada la entrada de su marido. El capitán de dragones trastabilló al quitarse su uniforme de gala, hipó, y se tumbó sobre ella. Desprendía un fuerte olor a vino y a humo de tabaco. La frotó con las manos, la rascó con su bigote al intentar besarla, empujó, y se convulsionó. A ella le gustó el dolor que sintió, las torpes acometidas y el líquido que la inundó, pero eso era poco y breve. Con los primeros ronquidos de su esposo corrió al baño, cogió la vela y se la introdujo entera. Esta vez en su vagina. Durante las tres próximas noches esperó impaciente a su marido pero no vino y desde entonces dejó de esperarlo.

sábado, 17 de abril de 2010

Extracto de una gran obra

Hoy he elegido un extracto de uno de los libros que aparecen en la columna izquierda de mi blog. No será el último que ponga pues su lectura me causó una maravillosa mezcla de impacto, confusión y placer. Sin ninguna duda es recomendable para cualquier persona pero mucho más para los aficionados a la literatura erótica. Ya me diréis...


"Aprovechábamos todas las circunstancias para librarnos a actos poco
comunes. No sólo carecíamos totalmente de pudor, sino que por lo
contrario algo impreciso nos obligaba a desafiarlo juntos, tan impúdicamente como nos era posible. Es así que justo después de que ella me pidió que no me masturbase solo (nos habíamos encontrado en lo alto de un acantilado), me bajó el pantalón me hizo extenderme por tierra; luego ella se alzó el vestido, se sentó sobre mi vientre dándome la
espalda y empezó a orinar mientras yo le metía un dedo por el culo, que mi semen joven había vuelto untuoso. Luego se acostó, con la cabeza bajo mi verga, entre mis piernas; su culo al aire hizo que su cuerpo cayera sobre mí; yo levanté la cara lo bastante para mantenerla a la altura de su culo: —sus rodillas acabaron apoyándose sobre mis
hombros—. “¿No puedes hacer pipí en el aire para que caiga en mi
culo?”, me dijo “—Sí, le respondí, pero como estás colocada, mi orín
caerá forzosamente sobre tus ropas y tu cara—.” “¡Qué importa!” me
contestó.
Hice lo que me dijo, pero apenas lo había hecho la inundé de nuevo,
pero esta vez de hermoso y blanco semen.
El olor de la mar se mezclaba entretanto con el de la ropa mojada, el
de nuestros cuerpos desnudos y el del semen. Caía la tarde y permanecimos en esta extraordinaria posición sin movernos, hasta que escuchamos unos pasos que rozaban la hierba.
—”No te muevas, te lo suplico”, me pidió Simona. Los pasos se detuvieron pero nos era imposible ver quién se acercaba. Nuestras respiraciones se habían cortado al unísono. Levantado así por los aires, el culo de Simona representaba en verdad una plegaria todopoderosa, a causa de la extrema perfección de sus dos nalgas, angostas y delicadas,
profundamente tajadas; estaba seguro de que el hombre o la mujer
desconocidos que la vieran sucumbirían de inmediato a la necesidad de
masturbarse sin fin al mirarlas. Los pasos recomenzaron, precipitándose, casi en carrera; luego vi aparecer de repente a una encantadora joven rubia, Marcela, la más pura y conmovedora de nuestras amigas.
Estábamos tan fuertemente arracimados en nuestras horribles actitudes que no pudimos movernos ni siquiera un palmo y nuestra
desgraciada amiga cayó sobre la hierba sollozando. Sólo entonces
cambiamos nuestra extravagante posición para echarnos sobre el
cuerpo que se nos libraba en abandono. Simona le levantó la falda, le
arrancó el calzón y me mostró, embriagada, un nuevo culo, tan bello,
tan puro, como el suyo. La besé con rabia al tiempo que la masturbaba:
sus piernas se cerraron sobre los riñones de la extraña Marcela
que ya no podía disimular los sollozos.
—Marcela —le dije—, te lo suplico, ya no llores. Quiero que me
beses en la boca…
Simona le acariciaba sus hermosos cabellos lisos y la besaba afectuosamente por todas partes.
Mientras tanto, el cielo se había puesto totalmente oscuro y, con la
noche, caían gruesas gotas de lluvia que provocaban la calma después
del agotamiento de una jornada tórrida y sin aire. El mar empezaba un
ruido enorme dominado por el fragor del trueno, y los relámpagos
dejaban ver bruscamente, como si fuera pleno día, los dos culos
masturbados de las muchachas que se habían quedado mudas. Un
frenesí brutal animaba nuestros cuerpos. Dos bocas juveniles se
disputaban mi culo, mis testículos y mi verga; pero yo no dejé de
apartar piernas de mujer, húmedas de saliva o de semen, como si
hubiese querido huir del abrazo de un monstruo, aunque ese monstruo
no fuera más que la extraordinaria violencia de mis movimientos. La
lluvia caliente caía por fin en torrentes y nos bañaba todo el cuerpo
enteramente expuesto a su furia. Grandes truenos nos quebrantaban y

aumentaban cada vez más nuestra cólera, arrancándonos gritos de
rabia, redoblada cada vez que el relámpago dejaba ver nuestras partes
sexuales. Simona había caído en un charco de lodo y se embarraba el
cuerpo con furor: se masturbaba con la tierra y gozaba violentamente, golpeada por el aguacero, con mi cabeza abrazada entre sus
piernas sucias de tierra, su rostro enterrado en el charco donde agitaba
con brutalidad el culo de Marcela, que la tenía abrazada por detrás,
tirando de su muslo para abrírselo con fuerza. "

Historia del ojo
Georges Bataille

lunes, 12 de abril de 2010

Tres perlas negras

Me he despistado y han pasado unos días sin publicar nada. Así que aquí os dejo otro relato; esta vez, debido a su corta extensión, no veo la necesidad de dividirlo. Lo tomaremos como si fuera un chupito helado de vodka: de un trago.


Mi nombre no importa y no recuerdo mi edad pero sé que hubo un tiempo que yo también tuve casa, esposa e incluso hija. Miro la pequeña cesta de mimbre, ocho monedas de diez céntimos. Llevo mi clarinete a los labios y soplo. La música surge como en mis días de concertista. Una moneda de dos euros cae en la cesta. “Gracias” digo levantando los ojos. Entonces mi mirada queda atrapada por su colgante: una perla negra engarzada en oro.
No una sino tres. Tres perlas negras regalé una vez. Aquel día subí a saltos la escalera exclusiva para clientes. Abrí de golpe la puerta de la suite y allí estaban en formación militar mis tres prostitutas preferidas como soldados en un día de paga.
Una perla para África. África era tan grande como el continente, no acababas de recorrerla nunca. Afirmaba que podía comer tanto como quisiera y lo decía golpeándose orgullosa la barriga, provocando que todas sus carnes vibraran como un timbal. Otra perla para Omaida. Una joven caribeña de cuello largo, alta y muy negra. Su cuerpo siempre brillaba untado de aceites. Si inspiro con fuerza aun consigo oler su aroma a tierra, a caña de azúcar, a manglar. Y la última perla era para Arantxa, una niña mujer de gustos carísimos. Contemplarla desnuda era como contemplar un desplegable de una de esas chicas de revista porno, pero ella era real.
Ya con las perlas colgadas de sus cuellos cerramos las ventanas y nos aislamos del mundo durante más de dos días. Con el paso de las horas las habitaciones se llenaron de humo y las numerosas botellas de champagne vacías rodaban por el suelo al igual que los cuerpos. Tiemblo al ver de nuevo los labios de África succionando mi polla, las tetas calientes y duras de Arantxa entre mis manos o el clítoris escarlata de Omaida en mi boca.
En algún momento, aunque no recuerdo cuándo ni cómo, llegó un lechón asado a la habitación con su bandeja de patatas recién hechas y todo.
África y yo comíamos el lechón tumbados desnudos en la cama. Ella desgajaba los trozos con la mano y los metía en mi boca primero, luego en la suya. La corteza estaba crujiente, salada y con sabor a especias. La carne humeaba y era blanda y sabrosa. El lechón descansaba plácidamente sobre las enormes tetas de África y su cabeza miraba hacia la bañera redonda donde Aratnxa y Omaida se lanzaban patatas asadas. De repente, Omaida saltó fuera de la bañera, vino corriendo hacia nosotros dejando un reguero de agua y se tumbó frente a la cama con los brazos y las piernas completamente separadas del cuerpo. “Yo también soy un cochinillo. Comedme”. Los pezones negros de Omaida estaban duros y su coño abierto. “Sí, un cochinillo demasiado quemado” dijo África. Reímos hasta que nos saltaron las lágrimas, luego continuamos bebiendo y masticando con energía. Varias patatas lanzadas desde la bañera pasaron volando estrellándose contra la pared. Quizá por el alcohol o quizá por el exceso de comida África empezó a eructar. Su apetito voraz, el brillo de la grasa del lechón en su cara y la sonoridad de sus eructos me provocaron una nueva erección. Me arrodillé intentando introducir mi polla en su boca…
--¿Le gustan las perlas? –pregunta la señora.
Tras unos segundos de indecisión y retirando la mirada del colgante, respondo:
--No lo sé…pero me traen recuerdos…

jueves, 8 de abril de 2010

Un regalo

Hoy estoy especialmente contento pues he recibido un correo de una seguidora regalándome una foto y unas deliciosas líneas. Con su permiso y omitiendo su nick, os las adjunto . Son momentos así los que me obligan a seguir escribiendo en este blog. Muchísimas gracias deliciosa seguidora.


"Navegaba por Internet y encontré esta foto. Enseguida pensé en tu blog y decidí mandártela. Espero que te guste, a mí me encantó. Deseé que ese libro fuera de relatos tuyos y ser yo la que lo leyera en la misma postura que la chica de la foto. Un beso."

martes, 6 de abril de 2010

El bañador (parte III)

Bueno, con esta tercera parte llegamos al final de mi relato "El bañador"; espero que el desenlace os guste y satisfaga vuestras expectativas.
Este relato quiero decicarlo a las personas que siguen este blog y hablan de él, pues aunque seáis pocas sois muy fieles. Para vosotras...



La llevé a la playa más extensa que conocía, varios kilómetros de arena blanca y fina. Cogí su bolsa de playa y caminamos tan cerca el uno del otro que podía olerla con facilidad. Olía a recién duchada, a pastilla de jabón y eso me gustó. Al encontrar una zona desierta, alejada de los bañistas le pregunté si le gustaba. Miró alrededor y dijo que sí. Se desanudo el pareo y apareció el bañador. Ahora lo veía bien. Era de un azul marino uniforme, sin dibujo, muy subido y olía a armario. Acostumbrado a ver el movimiento de sus pechos debajo de la ropa sentí una decepción al verla con ese bañador. Su piel era muy blanca; sin duda era su primer día de playa de este verano o quizá desde hacía varios veranos. Poco a poco empecé a sentirme algo más cómodo. Estiramos las toallas y nos sentamos mirando la espuma del mar. Me giré hacia ella y empecé a hablar como excusa para poder mirarla. Soledad seguía contemplando las olas. Seguro que lo de la playa la pilló por sorpresa pues por debajo del bañador le salían unos robustos pelos rizados en la ingle. Me excité muchísimo al verlos. Y sin poder ni querer evitarlo tuve una erección. En esa posición seguro que Soledad podía verla pero extrañamente y por primera vez, no me importó. Asombrado oí como mi voz decía:
--Es una lástima que uses bañador porque sólo podrás coger color en las piernas.
--Lo sé. La próxima vez compraré un bikini bonito y tiraré este bañador horrible que me asfixia –dijo mirando con desagrado al bañador.
--Quizá si lo bajas un poco te sentirás más cómoda –insinúe indeciso, con voz queda y aterrorizado por los posibles resultados de tanta osadía.
Me miró y sin dudarlo respondió:
--Tienes razón --y diciendo esto se quitó despacio las tiras del bañador y siempre despacio lo deslizo hacia su cintura. Al llegar al vientre sus pechos se desbordaron por encima.
Eran más maravillosos de lo que imaginaba. Muy blandos, largos. Con gran esfuerzo conseguí decir “mucho mejor así”. Ella se limitó a sonreír. Yo no veía ni la arena, ni el mar, ni el sol, ni nada, sólo a Soledad. “Creo que necesitaré mucha crema, estoy tan blanca que me voy a quemar toda si no me protejo bien”. Yo asentí con la cabeza. Con el estómago encogido y una voz apenas audible le pregunté: “¿Quieres que te ponga?” “Sí, por favor. Yo no llegaré por toda la espalda”. Y diciendo esto se giró ofreciéndome la espalda, con las rodillas dobladas y los brazos hacia delante.
Sin saber muy bien cómo hacerlo, cogí el bote, apreté y la crema se derramó sobre su espalda. Mientras pienso que ha llegado el momento de tocarla sin preocuparme la crema desciende por la columna. Turbado por la excitación y por los nervios coloqué las dos manos sobre la espalda y las desplacé sobre la crema espesa, blanca, caliente. Mis manos estaban rígidas y sus músculos relajados mientras me contaba algo sobre la playa. Las deslicé con suavidad, de abajo arriba. Su piel absorbió la crema. Me gustó su tacto. Sin mucha destreza la extendí despacio por todo; al fin, mis manos se curvaron sobre sus costillas y con las puntas de los dedos rocé sus pechos. Me estremecí y una extraña ola de coraje me invadió. Estiré más los dedos y conseguí apretarlos un poco. Dejó de hablar y observé que el vello de su nuca estaba erizado. “¿Cuánto tiempo hará que nadie la toca?”. Tomé una decisión. Volví a llenarme las manos de crema y las puse ardientes sobre sus costados. La esparcí rozando ahora sus tetas en cada movimiento, cada vez mejor. No se movía, no hablaba. Me pegué a su espalda para que pudiera sentir la presión de mi polla durísima y luego, sin dudas, cogí sus tetas con las manos aceitosas y las moví sintiendo su blandura deshacerse entre mis dedos. Suspiró. Acaricié sus pezones sin miedo. Ella estiró sus brazos hacia atrás apoyándolos en la arena a la altura de mis rodillas facilitándome el movimiento.
Resollé en silencio, mis labios sonrieron y pensé: “Así de simple”.

sábado, 3 de abril de 2010

La fuente del placer

Hoy, en plena semana de pasión, he escogido un breve texto de una obra del siglo XIX que inflama la imaginación. Para quién esté interesado añado un enlace en donde encontraréis una reseña completa de la obra. Espero que os guste tanto como a mi.

"Me veía de cuerpo entero en el gran espejo. Mi placer taciturno comenzaba admirando cada parte de mi cuerpo. Acariciaba y apretaba mis jóvenes senos redondeados, jugaba con sus capullos y luego llevaba el dedo hacia la fuente inagotable de todas las delicias femeninas. Mi sensualidad había hecho rápidos progresos. Tenía sobre todo un derrame muy abundante de ese bálsamo tan dulce y embriagador que se escapa de lo más profundo de la hendidura femenina en el momento del éxtasis. Los hombres a quienes me he abandonado después siempre se mostraron encantados con esa preciosa cualidad, y eran incapaces de expresar su deleite cuando mi chorro les inundaba. Por entonces creía que ese rasgo era común a
todas las mujeres, pero es en realidad un don de los más raros. En París, uno de mis admiradores más ardientes perdió el conocimiento al sentir cómo le inundaba mi
fuente por primera vez. Después, cuando le concedía mis favores, retiraba precipitadamente su lanza en el momento del éxtasis para llevar la boca a la herida
eterna y beber largos sorbos de la impetuosa fuente, tras de lo cual volvía a entrar con renovado ardor y descargaba a su vez, pero en esa pequeña vejiga que Margarita había visto usar a su ruso. Esa fantasía de mi amigo parisino me incitó a absorber el
chorro que brota maravillosamente y con una potencia eléctrica del árbol de la vida."


Memorias de una cantante alemana
SCHRÖDER-DEVRIENT, Wilhelmine

viernes, 2 de abril de 2010

El bañador (II parte)


Aquí está la segunda parte; en unos días estará la tercera y última. Un saludo


Una vez en el dormitorio, transportado por un atrevimiento impropio en mí dejé la puerta entreabierta, sabiendo que la habitación contigua era la de su madre. Me quité la ropa a tirones, arranqué el tanga de Adela aún medio dormida y sin demora entré en ella. Inclinado sobre su cuerpo empujaba a golpes de riñón, imaginando el coño enorme de Soledad y como temblarían sus pechos si la estuviera poseyendo a ella. “¿Por qué no cerró las piernas? ¿Quería que la mirase? ¿Incluso que la tocase?” Las sacudidas aumentaron con estos pensamientos, también la intensidad y sin querer empecé a gemir, y al final, me atreví a proferir un quejido cuando eyaculé en Adela.
Pasados tres días recibí una llamada de Adela. No podía venir a la playa como habíamos quedado pero había hablado con su madre y ésta me acompañaría. Dijo que la pobre hacía mucho que no iba a la playa y que nos lo pasaríamos bien.
Al llamar a la puerta para recogerla mi boca estaba seca. Era la primera vez que íbamos a estar solos. Soledad ya estaba preparada. Sonreía dentro de un pareo estampado anudado sobre el pecho a juego con el pañuelo que llevaba en la cabeza, con una gigante bolsa de playa colgada al hombro y una especie de sandalias rojas de plástico. También llevaba unos pendientes extraños, me fijé pues nunca solía usar. En el coche quise hablar pero no sabía qué decir así que callaba y pensaba. “¿Debía intentar tocarla hoy? ¿Qué ocurriría si me precipitaba? ¿Y si probase de acariciarle el muslo al cambiar las marchas?”
--No esperaba ir a la playa. No tenía ningún bikini, he intentado ponerme los de Adela, pero qué va, ahí no quepo. Y al final sólo he encontrado este bañador, es horrible, horrible –dijo de pronto abriéndose el pareo para que lo viera--. Me da algo de vergüenza que me veas con él, pero Adela ha insistido en que no me preocupara por eso.
Aferrado al volante miré un segundo el bañador.
--Estoy algo nerviosa –prosiguió--, es la primera vez que voy a la playa con un hombre desde que mi marido murió.
Yo tragué saliva. Y me sentí hombre.

martes, 30 de marzo de 2010

El bañador (parte I)

En este cofre,como dije en la presentación,junto a extractos y diversos comentarios siempre relacionados con el mundo del erotismo,encontraréis mis propios relatos. Hoy empiezo con la primera parte de uno de ellos: "El bañador". No sé si alguien los leerá ni tampoco si gustarán. Pero yo siento la necesidad de editarlos.
Sin más...


El bañador

Digamos que desde niño fui tímido, luego, durante la pubertad particularmente retraído y ahora, cumplidos los diecinueve, además soy vergonzoso. Y eso era un verdadero problema con las chicas. Me gustan y mucho pero me bloqueo. Ya llevaba yo varias semanas del mes de agosto queriendo pedirle para salir cuando, en una fiesta, mientras yo bebía reuniendo coraje, ella vino, me cogió y me besó. Así de simple. Desde entonces Adela es mi chica.
A las pocas semanas de salir insistió en que conociera a su madre, Soledad. Soledad era mayor, calculo que se aproximaría a los cuarenta, y muy distinta a Adela. Era bajita y gordita, nada presumida incluso desarreglada y nunca usaba sujetador por casa aunque sus tetas lo merecieran. Hablaba mucho, siempre en voz alta, gesticulando con los brazos sin importarle que al hacerlo sus pechos se balanceasen sin control. Acostumbrado a los pechos pequeños y rígidos de Adela empecé a sentir un gran placer en observar los suyos.
Un día especialmente caluroso Soledad sudaba delante de los fogones de la cocina. Sudaba y cocinaba sin dejar de moverse y sin parar de hablar. Llevaba un vestidito azul de verano, muy corto y lleno de botones en la parte delantera, de los cuales muchos estaban desabrochados. Disimulando cuanto podía iba contemplando las gotas de sudor que descendían entre los pechos. Adivinaba el recorrido de las gotas sobre la piel e imaginé los pechos húmedos por el sudor. Temeroso de ser descubierto levanté la vista ruborizado. A partir de ese momento empecé a desear sus pechos y no los de Adela y a frecuentar más la casa.
Una noche ocurrió un hecho extraordinario. Estábamos los tres en el sofá; Adela se había quedado dormida con la cabeza sobre mi regazo y las piernas estiradas sobre las de su madre. Sólo llevaba una camiseta y con un movimiento brusco de su cuerpo quedó descubierto su tanga blanco. Instintivamente fijé la mirada en la delgada línea que se dibujaba a través del algodón. Sólo fueron unos segundos pero Soledad me vio. De golpe me puse grana y las mejillas me ardían. Deseé fundirme o escapar pero no podía moverme si no quería despertar a Adela. Justo entonces Adela sacudió una pierna arrastrando la bata de su madre hacia arriba. Aparecieron sus muslos y entre ellos asomaba la braga. No pude evitarlo, no pude, y miré. A diferencia de Adela, a quién el tanga se le ajustaba completamente liso al pubis, las bragas de Soledad estaban abultadas por el vello. Nunca había visto un bulto tan grande. Mi polla creció de golpe debajo de la cabeza de Adela. No sabía qué hacer y sólo se me ocurrió pensar en imágenes trágicas, en escenas desagradables para bajar mi excitación mientras apretaba el puño derecho clavando las uñas en las palmas de mis manos. Ella siguió hablando con las piernas abiertas, con las bragas expuestas, igual que lo hubiera hecho con las piernas cerradas y yo no dejé de apretar el puño hasta que Adela despertó.

viernes, 26 de marzo de 2010


"Ahora comprendía Elena por qué los maridos españoles se niegan a iniciar a sus esposas en todas las posibilidades del amor: para evitar el riesgo de despertar en ellas una pasión insaciable" Anaïs Nin

He elegido este extracto de la obra de Anaïs Nin en agradecimiento a todas las mujeres españolas que viven y se entregan a la pasión sin temor, sin condicionantes, guiadas exclusivamente por la satisfacción del deseo.