Saludos a todas y todos. Al igual que las grandes productoras de cine estoy en plena de semana de promoción. Aunque en mi caso más que promoción es un simple anuncio.
Un joven, un coche aparcado, un torrente desierto, una pareja desnuda...
Próximamente en sus pantallas... Un dia largo de junio
Estreno 1 de marzo
jueves, 23 de febrero de 2012
jueves, 16 de febrero de 2012
Una pequeña noticia
Así es, tengo una pequeña noticia que daros a todos los que seguís entrando en este cofre. De nuevo he vuelto a insribirme en un taller de relatos eróticos, por lo que muy pronto tendré nuevo material que ofreceros a todos. He sido apresado, seré prisionero del erotismo, prisionero de las letras que despiertan los sentidos.
miércoles, 1 de febrero de 2012
Un nuevo relato erótico
Después de mucho tiempo llega un nuevo relato. Para esta ocasión he seleccionado un relato anónimo que comentamos en un taller de literatura erótica, espero que os agrade.
Con apenas veinticuatro años me encontré con un título universitario debajo del brazo que me daba patente para educar: era, por fin, después de cinco aburridos y planos cursos en una plana y aburrida universidad, una brillante licenciada en Filosofía y Letras, lo que me confería, de manera automática, autoridad para impartir clases, autoridad para repartir entre mi alumnado tristes suspensos o luminosos sobresalientes en función de su aprovechamiento escolar, opción ésta que, desde siempre, me erotizó considerablemente, ya que era una forma de poder, pero ésta es otra historia de la que no me toca hablar ahora. Podía dar clases como profesora de letras y como tal fui contratada por un pequeño colegio del extrarradio para «impartir aquellas asignaturas relacionadas con la licenciatura por usted cursada», me explicó una directora pedante que me quería pluriempleada por cuatro duros; pero como yo era joven y necesitaba trabajo y, sobre todo, experiencia, dije que de acuerdo sin más discusión y me enfrenté a la vida laboral con el optimismo que proporciona la inexperiencia unida a la poca edad.
Recuerdo mi primer día de clase: alineadas en viejos pupitres en un aula abigarrada, treinta adolescentes llenas de vida que no me quitaban ojo, muertas de curiosidad ante la nueva profesora y yo, de pie tras mi decrépita mesa, sobre el estrado —a mi espalda un mugriento mapa de España físico y una pizarra—, disimulando como podía el temblor de mis rodillas. De pie como estaba, en medio de un silencio que se podía masticar, con una voz que yo sentí salir ronca de mi garganta y que procuré hacer solemne, empecé a pasar lista, mirando detenidamente a cada alumna después de haber dicho su nombre. Las Alonso y Balbuena fueron saliendo y yo veía del otro lado caras asombradas, asustadas algunas y, en todo caso, curiosas, caras de adolescentes de todos los tipos posibles: vulgares, granujientas, descaradamente feas, anodinas, aburridas, alguna simpática, otras agradables, algunas guapa-cursi, otras guapa-sosa. Llegaron las Fernández, Ferrer, Hoyos y las caras seguían siendo desesperadamente iguales, algunas tan infantiles que parecía imposible que tuvieran los diecisiete años que el curso obligaba. Pasé por las Iglesias, Martínez, Las Olmos, Peláez y Román. Una me pareció abiertamente simpática: Emma Román y me acordé de una Emma que tuve de compañera en la facultad, una Emma seductora, así que tomé nota de esa Emma por si acaso. Sánchez y más Sánchez, una de ellas francamente guapa pero insoportablemente cursi; Tamames, muy desproporcionada, luego Téllez y todas las uves, y cuando ya parecía que se acababa la lista, escondida muy al final apareció Paz Zamanillo, con tanta zeta, tan tarde, cuando ya tenía perdida la esperanza. Me dijo «sí» para indicar que estaba y que era ella, un «sí» tan especial que tuve que pararme y repetir, «Zamanillo, Paz» sólo por oír su profundo sí profundo y lleno. Era como para morirse: los dieciséis años más hermosos que pueden imaginarse, con una expresión de saber de qué va la vida y de una inocencia absoluta a la vez en partes iguales, con un aire de perdonarme la existencia y de colgarse de mí simultáneamente, con una mirada de suficiencia y de necesidad cincuenta cincuenta. Paz Zamanillo. Te deseé en cuanto te eché la vista encima.
Durante éste, mi primer curso como docente, me dediqué a aprender a ser profesora sin que mis alumnas se dieran cuenta y aprendí a enseñar mientras ellas aprendían lo que yo les enseñaba. Apredí también a erotizarme con mi trabajo. Cada mañana y cada día de la semana, vuelta hacia la pizarra, escribía para ellas nombres y fechas que desconocían y me colocaba con ello. Me gustaba el ruido de la tiza en la pizarra, me gustaba mi letra en la pizarra y me demoraba escribiendo, dándoles ostensiblemente la espalda, sintiendo sus ojos puestos en mí, me demoraba moviéndome por el estrado, mirándolas al andar. Me demoraba limpiándome los dedos blancos de tiza, demandándoles «¿fecha de Austerlitz?» muy secamente mientras las miraba muy de cerca, muy seria, enfadada. Me colocaba con su miedo, con la expresión de pánico de sus ojos cuando me veían acercarme, soplándome los dedos blancos de tiza, pararme junto a ellas, pillarlas en blanco, «estás en blanco, no has estudiado nada, mañana te vuelvo a preguntar, mañana no me puedes fallar»; a veces, según mi humor, les soplaba en la cara un leve polvillo de tiza de mis dedos que ellas recibían entre asustadas y divertidas. Me gustaba su miedo porque era un miedo que les daba gusto —aunque no lo sabían—, igual que a mí. Yo lo sabía pero ellas no. Sólo lo sabía Paz Zamanillo y yo sabía que ella seguía mi juego, que me desafiaba, que me aguantaba la mirada y no fallaba nunca y nunca sonreía ni me decía nada, jamás me decía nada, sólo fechas, datos, nombres, siempre exacta, eficaz, hermosa y distante, fría y cada vez más deseable. Y yo sintiendo que ella se sabía deseada por mí.
Voló el tiempo y llegó el calor. Los sentimientos y los deseos eran tan plásticos que me parecía imposible que ellas no los vieran. Sólo los veía Paz. Paz Zamanillo, y yo.
Llegaron las notas de final de curso y yo dije «daré las notas en la sala de profesoras de forma individual» y supe que estaba marcando mi destino. Fue más o menos como lo imaginaba: un derroche de poder y un ejercicio de erotismo únicos. La mayoría sufrió hasta oír su nota, pendiente de mis labios, rogándome acabar cuanto antes aquel sufrimiento. Alguna hubo que, sin poder aguantarlo, rompió a llorar, otras lloraron también, cayendo en mis brazos y yo, magnánima, las consolaba besándoles la frente, mientras les acariciaba subrepticiamente la espalda.
Suspendí a Paz Zamanillo. La suspendí aunque hubiera debido darle un notable. Acudió al cuarto de profesoras con los ojos brillantes y, cuando le entregué su nota, le tembló ostensiblemente la voz al hablarme y me dijo «eres una cerda», apoyada en la puerta. Yo me acerqué despacio, diciéndole otra vez «te he suspendido», desafiándola a repetirlo y lo repitió, lo repitió tres veces hasta que le di un empujón contra la puerta, la empujé fuerte y la besé con rabia, con el deseo y la desesperación fermentada de meses, con tal deseo que le hice daño. Ella también me besó con ira, con rabia, «eres una cerda», me besó con un deseo loco, «eres una cerda», con un deseo de adulta y allí, contra la puerta del cuarto de profesoras primero y enseguida bajo la mesa de la directora, sobre la sucia alfombra, con las ropas a medio quitar, insultándonos y rabiando, Paz Zamanillo y yo follamos furiosas mientras fuera el resto de la clase esperaba, paciente y asustada, la nota final de mi asignatura. Aunque parezca mentira aquella fue mi primera vez —eran otros tiempos— pero, desde luego, no fue la última .
Educar para la vida
Con apenas veinticuatro años me encontré con un título universitario debajo del brazo que me daba patente para educar: era, por fin, después de cinco aburridos y planos cursos en una plana y aburrida universidad, una brillante licenciada en Filosofía y Letras, lo que me confería, de manera automática, autoridad para impartir clases, autoridad para repartir entre mi alumnado tristes suspensos o luminosos sobresalientes en función de su aprovechamiento escolar, opción ésta que, desde siempre, me erotizó considerablemente, ya que era una forma de poder, pero ésta es otra historia de la que no me toca hablar ahora. Podía dar clases como profesora de letras y como tal fui contratada por un pequeño colegio del extrarradio para «impartir aquellas asignaturas relacionadas con la licenciatura por usted cursada», me explicó una directora pedante que me quería pluriempleada por cuatro duros; pero como yo era joven y necesitaba trabajo y, sobre todo, experiencia, dije que de acuerdo sin más discusión y me enfrenté a la vida laboral con el optimismo que proporciona la inexperiencia unida a la poca edad.
Recuerdo mi primer día de clase: alineadas en viejos pupitres en un aula abigarrada, treinta adolescentes llenas de vida que no me quitaban ojo, muertas de curiosidad ante la nueva profesora y yo, de pie tras mi decrépita mesa, sobre el estrado —a mi espalda un mugriento mapa de España físico y una pizarra—, disimulando como podía el temblor de mis rodillas. De pie como estaba, en medio de un silencio que se podía masticar, con una voz que yo sentí salir ronca de mi garganta y que procuré hacer solemne, empecé a pasar lista, mirando detenidamente a cada alumna después de haber dicho su nombre. Las Alonso y Balbuena fueron saliendo y yo veía del otro lado caras asombradas, asustadas algunas y, en todo caso, curiosas, caras de adolescentes de todos los tipos posibles: vulgares, granujientas, descaradamente feas, anodinas, aburridas, alguna simpática, otras agradables, algunas guapa-cursi, otras guapa-sosa. Llegaron las Fernández, Ferrer, Hoyos y las caras seguían siendo desesperadamente iguales, algunas tan infantiles que parecía imposible que tuvieran los diecisiete años que el curso obligaba. Pasé por las Iglesias, Martínez, Las Olmos, Peláez y Román. Una me pareció abiertamente simpática: Emma Román y me acordé de una Emma que tuve de compañera en la facultad, una Emma seductora, así que tomé nota de esa Emma por si acaso. Sánchez y más Sánchez, una de ellas francamente guapa pero insoportablemente cursi; Tamames, muy desproporcionada, luego Téllez y todas las uves, y cuando ya parecía que se acababa la lista, escondida muy al final apareció Paz Zamanillo, con tanta zeta, tan tarde, cuando ya tenía perdida la esperanza. Me dijo «sí» para indicar que estaba y que era ella, un «sí» tan especial que tuve que pararme y repetir, «Zamanillo, Paz» sólo por oír su profundo sí profundo y lleno. Era como para morirse: los dieciséis años más hermosos que pueden imaginarse, con una expresión de saber de qué va la vida y de una inocencia absoluta a la vez en partes iguales, con un aire de perdonarme la existencia y de colgarse de mí simultáneamente, con una mirada de suficiencia y de necesidad cincuenta cincuenta. Paz Zamanillo. Te deseé en cuanto te eché la vista encima.
Durante éste, mi primer curso como docente, me dediqué a aprender a ser profesora sin que mis alumnas se dieran cuenta y aprendí a enseñar mientras ellas aprendían lo que yo les enseñaba. Apredí también a erotizarme con mi trabajo. Cada mañana y cada día de la semana, vuelta hacia la pizarra, escribía para ellas nombres y fechas que desconocían y me colocaba con ello. Me gustaba el ruido de la tiza en la pizarra, me gustaba mi letra en la pizarra y me demoraba escribiendo, dándoles ostensiblemente la espalda, sintiendo sus ojos puestos en mí, me demoraba moviéndome por el estrado, mirándolas al andar. Me demoraba limpiándome los dedos blancos de tiza, demandándoles «¿fecha de Austerlitz?» muy secamente mientras las miraba muy de cerca, muy seria, enfadada. Me colocaba con su miedo, con la expresión de pánico de sus ojos cuando me veían acercarme, soplándome los dedos blancos de tiza, pararme junto a ellas, pillarlas en blanco, «estás en blanco, no has estudiado nada, mañana te vuelvo a preguntar, mañana no me puedes fallar»; a veces, según mi humor, les soplaba en la cara un leve polvillo de tiza de mis dedos que ellas recibían entre asustadas y divertidas. Me gustaba su miedo porque era un miedo que les daba gusto —aunque no lo sabían—, igual que a mí. Yo lo sabía pero ellas no. Sólo lo sabía Paz Zamanillo y yo sabía que ella seguía mi juego, que me desafiaba, que me aguantaba la mirada y no fallaba nunca y nunca sonreía ni me decía nada, jamás me decía nada, sólo fechas, datos, nombres, siempre exacta, eficaz, hermosa y distante, fría y cada vez más deseable. Y yo sintiendo que ella se sabía deseada por mí.
Voló el tiempo y llegó el calor. Los sentimientos y los deseos eran tan plásticos que me parecía imposible que ellas no los vieran. Sólo los veía Paz. Paz Zamanillo, y yo.
Llegaron las notas de final de curso y yo dije «daré las notas en la sala de profesoras de forma individual» y supe que estaba marcando mi destino. Fue más o menos como lo imaginaba: un derroche de poder y un ejercicio de erotismo únicos. La mayoría sufrió hasta oír su nota, pendiente de mis labios, rogándome acabar cuanto antes aquel sufrimiento. Alguna hubo que, sin poder aguantarlo, rompió a llorar, otras lloraron también, cayendo en mis brazos y yo, magnánima, las consolaba besándoles la frente, mientras les acariciaba subrepticiamente la espalda.
Suspendí a Paz Zamanillo. La suspendí aunque hubiera debido darle un notable. Acudió al cuarto de profesoras con los ojos brillantes y, cuando le entregué su nota, le tembló ostensiblemente la voz al hablarme y me dijo «eres una cerda», apoyada en la puerta. Yo me acerqué despacio, diciéndole otra vez «te he suspendido», desafiándola a repetirlo y lo repitió, lo repitió tres veces hasta que le di un empujón contra la puerta, la empujé fuerte y la besé con rabia, con el deseo y la desesperación fermentada de meses, con tal deseo que le hice daño. Ella también me besó con ira, con rabia, «eres una cerda», me besó con un deseo loco, «eres una cerda», con un deseo de adulta y allí, contra la puerta del cuarto de profesoras primero y enseguida bajo la mesa de la directora, sobre la sucia alfombra, con las ropas a medio quitar, insultándonos y rabiando, Paz Zamanillo y yo follamos furiosas mientras fuera el resto de la clase esperaba, paciente y asustada, la nota final de mi asignatura. Aunque parezca mentira aquella fue mi primera vez —eran otros tiempos— pero, desde luego, no fue la última .
[1] Anónimo, «Educar para la vida», Primeras caricias (recopilación y prólogo de Gimeno, Beatriz), Barcelona, Ediciones La Tempestad , 2008.
lunes, 2 de enero de 2012
Encorsetados
Un nuevo año empieza y no con buenos augurios. Parece algo sabido, e incluso aceptado, que será un año de restricciones, de estrecheces, de presión. Van a ponernos un corsé, tirarán de sus cuerdas y nos oprimirán hasta que nos cueste respirar, incluso movernos.
Pues bien, si van a ponernos un corsé que sea alguno de estos modelos que os dejo aquí.
Pues bien, si van a ponernos un corsé que sea alguno de estos modelos que os dejo aquí.
martes, 27 de diciembre de 2011
La venus de las pieles
Hoy he seleccionado un extracto de tan afamada obra para todos los amantes del mundo bdsm pues son muchos los que visitan esta página, como muchos son los que desconocen la obra de Leopold Von Sacher-Masoch (¿les dice algo este apelido, lo asocian?)
El texto hace referencia a un momento clave en la novela, la firma del contrato de esclavitud y de un anexo algo complicado.
El texto hace referencia a un momento clave en la novela, la firma del contrato de esclavitud y de un anexo algo complicado.
"Anochece. Una linda doncellita me comunica la orden de comparecer ante mi dueña. Subo la escalera de mármol, atravieso la antecámara, el gran salón lleno de suntuosas riquezas, y llamo a la puerta de la alcoba. El lujo que veo dondequiera me inquieta, haciéndome llamar con timidez. Me pregunto qué actitud guardaré en la alcoba de la gran Catalina, y cómo se me aparecería ahora con su verde pelliza, el cordón rojo sobre la garganta desnuda y sus buclecitos empolvados.
Vuelvo a llamar. Wanda abre, impaciente y violenta.
—¿Por qué has tardado?
—Estaba detrás de la puerta; sin duda no me oíste llamar —respondí con timidez.
Cierra la puerta, viene hacia mí y me conduce al sofá de damasco rojo en que reposaba. Todo es rojo, todo de damasco. El edredón representa un asunto —Sansón y Dalila— soberbiamente trabajado.
Wanda me recibe en el más fascinador deshabillé. Su traje de seda blanca modela ligera y artísticamente su cuerpo gracioso, dejando al descubierto la garganta y los brazos, delicados y llenos de abandono, rodeados de las sombrías pieles de la gran pelliza de terciopelo verde guarnecida de cebellina. Su cabellera de fuego, medio deshecha y sostenida por nudos de perlas negras, cae hasta sus caderas.
—Venus de las pieles —balbuceé, en tanto que me atrae a su garganta, casi ahogándome a besos. Después quedo mudo y privado de pensamiento, sumergido en un mar de delicias no soñadas.
Al fin Wanda se desprende y me mira, apoyada sobre su brazo. Caí a sus pies; ella me atrajo a sí y comenzó a jugar con mi pelo.
—¿Me amas aún? —me dijo con los ojos embriagados.
—¡Tú lo preguntas!
—¿Recuerdas aún tu juramento? —añadió con una encantadora sonrisa—. Todo está ya arreglado, todo dispuesto. Vuelvo a preguntarte otra vez: ¿De veras quieres ser mi esclavo?
—¿No lo soy ya? —repliqué asombrado.
—No has firmado aún el contrato.
—¡El contrato! ¿Qué contrato?
—¿Lo ves? ¡Ya no te acuerdas! Dejémoslo, pues.
—Pero, Wanda, bien sabes tú que yo no conozco mayor delicia que servirte, ser tu esclavo, y que todo lo daría por esa voluptuosidad, incluso mi vida.
—¡Cuan hermoso estás cuando te exaltas, cuando hablas con tanto fuego! ¡Ah! Cada vez estoy más perdida por ti, y seré dura, imperiosa y cruel contigo. Pero temo no poder serlo.
—Eso no me inquieta —dije riendo— ¿Dónde está el documento?
—Aquí —dijo confusa, y le sacó del pecho para dármelo—. En él está tu felicidad; quedas completamente a mi disposición, porque, además, tengo redactado otro documento en que declaras tu intención de matarte. Puedo matarte, si me parece.
—Trae.
Mientras yo desplegaba el documento y leía, Wanda tomó tintero y pluma, se sentó luego a mi lado, pasó el brazo alrededor de mi cuello y miró el papel por detrás de mí.
El documento decía así:
CONTRATO ENTRE LA SEÑORA WANDA DE DUNAIEW
Y EL SEÑOR SEVERINO DE KUSIEMSKI
«El señor Severino de Kusiemski quiere, desde el día de hoy, ser el prometido de la señora Wanda de Dunaiew, renunciando a todos sus derechos de amante y obligándose, bajo palabra de honor y caballero, a ser su esclavo, en tanto que ella no le conceda libertad. Como esclavo de la señora Dunaiew, tomará el nombre de Gregorio, y se compromete a satisfacer sin reservas todos los deseos de la susodicha señora, su dueña, obedeciendo todas sus órdenes, siéndole humildemente sumiso,considerando cualquier merced que reciba como una gracia extraordinaria.
La señora Dunaiew, no sólo adquiere el derecho de golpear a su esclavo por las faltas que cometa, sino también el de maltratarle por capricho o por pasatiempo, incluso hasta matarle, si le place. Queda, en suma, en su propiedad absoluta.
Si la señora Dunaiew concede libertad a su esclavo, el señor Severino de Kusiemski se compromete a olvidar todo lo que, como esclavo, haya podido sufrir, y a no vengarse jamás, en ninguna manera por ningún medio y bajo ninguna especie de consideración, ni a ejercitar acción alguna contra aquélla.
Por su parte, la señora Dunaiew se obliga a comparecer vestida de pieles con la mayor frecuencia ante su esclavo, incluso cuando se muestre cruel para con él.
Hecho hoy...»
El segundo documento sólo contenía estas palabras:
«Cansado de las decepciones de un año de existencia, pongo fin libremente a mi vida inútil.»
Un profundo horror me invadió al leerle. Todavía era tiempo, podía volverme atrás; pero la demencia de la pasión, la vista de la hermosa que, ebria de alegría, se apoya en mi hombro, me arrastraban.
—Tienes que copiar éste —dijo Wanda, señalando el segundo documento—, que debe ir escrito enteramente de tu puño y letra. El contrato no hace falta.
Copié a escape las palabras en que proclamaba mi suicidio, y di el papel a Wanda.
Lo leyó, y riendo, lo puso sobre la mesa.
—Ahora, ¿tendrás valor para firmar éste? —preguntó, sacudiendo la cabeza, con una sonrisa fina.
Tomé la pluma.
—Déjame firmar antes —dijo Wanda—. Te tiembla la mano. ¿Temes?
Ella tomó el contrato y la pluma, y yo levanté los ojos, en lucha conmigo mismo, cuando mis miradas cayeron sobre numerosas pinturas de las escuelas italiana y holandesa, cuyo extraño carácter se relacionaba con el asunto del edredón, que tenía para mí un aspecto inquietante. Dalila, una buena moza de cabellera de fuego, medio cubierta por un manto de pieles oscuras, estaba tendida sobre un diván rojo, inclinándose riente hacia Sansón, derribado y maniatado por los filisteos. Su burlona coquetería, su sonrisa, tiene una crueldad verdaderamente infernal; sus ojos entornados se dirigen a los de Sansón, que lanzan una última mirada de amor llena de clemencia, porque ya uno de los enemigos se arrodilla sobre su pecho, dispuesto a cegarle con el hierro ardiente".
lunes, 12 de diciembre de 2011
Oh, vello púbico, ¿dónde estás?
Dímelo, erótico y atractivo vello, ¿adónde has ido? ¿Dónde te han escondido? Dímelo porque hace tiempo que te busco con empeño y no consigo encontrarte.
Sé que intentan eliminarte, extinguirte para siempre con todos los medios a su alcance. Te queman con cera caliente, te cortan con cuchillas afiladas, te aplican laser. Sin compasión, sin remordimiento. Oh, cuánta inconsciencia, cuánta afrenta al erotismo más puro, al más erudito, al intenso, al más natural.
Sugerente, voluptuoso como antaño ¿dónde estás bosque del deseo? Te busco una, y otra, y otra vez y no te encuentro.
Sé que intentan eliminarte, extinguirte para siempre con todos los medios a su alcance. Te queman con cera caliente, te cortan con cuchillas afiladas, te aplican laser. Sin compasión, sin remordimiento. Oh, cuánta inconsciencia, cuánta afrenta al erotismo más puro, al más erudito, al intenso, al más natural.
Sugerente, voluptuoso como antaño ¿dónde estás bosque del deseo? Te busco una, y otra, y otra vez y no te encuentro.
lunes, 7 de noviembre de 2011
El sentido de la vista
Uno de nuestros cinco sentidos; el placer de la mirada. Usémoslo, excitémonos con él. Ver, intuir, imaginar, contemplar, gozar, todo es posible gracias al erotismo de la visión.
viernes, 1 de julio de 2011
El erotismo tiene forma de pecho
Nada me place más que observar con detenimientos los pechos femeninos. Sin pudor, sin verguenza, gozar de su visión con detalle. Escrutar entre la ropa, imaginar sus formas, pensar en sus pezones y en sus areolas. Asomarme a los escotes, atravesar los sujetadores.
Duros, blandos, caídos, enhiestos, rectos, curvos...
jueves, 23 de junio de 2011
Noche bruja
Esta noche es la noche de San Juan, la noche bruja del año. La más larga, la más apasionada. No dejéis de disfrutar todos de la arena, del mar, de la sal, de las fogatas, de las estrellas, disfrutad esta noche, disfrutad cada noche, disfrutad cada día.
martes, 7 de junio de 2011
Brindemos!!
Hoy os ofrezco esta copa para que la cojáis y si queréis la alcéis para brindar, pues por fin tengo un micro relato acabado. Espero que su lectura pueda produciros tanta satisfacción como os produciría, de seguro, beber este maravillosa copa de cóctel. El viernes estará disponible en este cofre lleno de fantasía, de deseo y también de veracidad.
viernes, 27 de mayo de 2011
Un acto de constricción
Hoy al regresar a mi blog he sentido un sincero sonrojo. Durante todo este tiempo que ha permanecido silencioso e inerte las visitas han seguido aumentando progresivamente y, sorprendentemente, también el número de seguidores. Ya son tres!! Me maravilla que la gente no abandone este pequeño cofre solitario y descuidado, por eso, hoy he decidido hacer un nuevo acto de contricción.
La imagen compungida de esta ferviente creyente me guiará a través de mi prueba de fe que consistirá en reiniciar la escritura erótica. Pero para que el blog sea más activo y no transcurra tanto tiempo entre texto y texto, lo que haré, mejor dicho, lo que escribiré, serán microrelatos, eso sí, siempre de un alto contenido sexual o erótico.
Ahora debo dejaros pues es mi obligación como buen samaritano acompañar a esta afligida pecadora al reclinatorio. Un beso y muchas gracias por estar aquí... de verdad, gracias.
La imagen compungida de esta ferviente creyente me guiará a través de mi prueba de fe que consistirá en reiniciar la escritura erótica. Pero para que el blog sea más activo y no transcurra tanto tiempo entre texto y texto, lo que haré, mejor dicho, lo que escribiré, serán microrelatos, eso sí, siempre de un alto contenido sexual o erótico.
Ahora debo dejaros pues es mi obligación como buen samaritano acompañar a esta afligida pecadora al reclinatorio. Un beso y muchas gracias por estar aquí... de verdad, gracias.
miércoles, 6 de abril de 2011
Simplemente una foto
Subo una foto que me agrada porque no tengo letras preparadas, me gustaría tenerlas para ofrecerlas a los visitantes que las esperan, disculpadme
martes, 15 de febrero de 2011
Maitresse

Sé que muchos de los visitantes de este blog sois aficionados y practicantes del bdsm por eso hoy he seleccionado un párrafo de una obra que versa sobre el mundo de la dominación con una fuerte carga sadomasoquista. Quizá sea poco conocida pero sin duda es turbadora. El propio título ya nos lo indica: El ama. Memorias de una dominadora. En él podréis leer los testimonios y experiencias reales de una famosísima Dómina francesa.
Si el párrafo despierta vuestro interés o deseo de más, encontraréis una reseña completa de la obra y de su autora picando sobre su nombre.
¿Quién es? ¿Qué quiere? ¿Chantaje? ¿Intento de extorsión? ¿Me confunde con su pareja de baile? ¿Con su puta madre? Después de mirar cómo Rasta, impasible, me insultaba a gritos, de pronto me cansé. Le solté una de las bofetadas más sonoras de mi vida; se quedó mudo, una bomba histérica a punto de estallar.
—¡Desnúdate! —le dije.
Comenzó a desnudarse con torpeza.
—¡Más aprisa, perro negrata! Voy a partirte tu culo podrido. Y suelta la pasta, ahí, en el suelo, a mis pies. Alguna vez habrás hecho de gigoló, con tu gruesa polla, pero aquí sólo eres un puto maquillado que me trae lo que ha ganado callejeando, ¿entendido? De rodillas, y repite conmigo: «Soy su esclavo, su esclavo negro, y usted, ¡usted es la diosa blanca!». Sí, tú eres el negrito, trabajas para mí en la plantación, ¡y te azotaré si trabajas mal! Repite: «Soy sucio por naturaleza»…
Rasta repetía. Se le desorbitaban los ojos de placer.
—¿Te has visto la polla, Rasta? Es gorda, sí; podría servir… —me acerqué a su oreja vociferando—, ¡para encular a mis esclavos blancos! Voy a venderte a los esclavos blancos, Rasta. ¡Ah, te has atrevido a insultar a una diosa! Lo pagarás caro, larva hedionda, invertebrado, oruga de mierda, sub-raza reptante. No paraba de abofetearle, de escupirle a la cara, y a Rasta se le empinaba como un loco. Sin embargo, ni siquiera le había rozado el sexo. Tenía un cuerpo escultural; las gotas de sudor se deslizaban por su piel como perlas brillantes. De rodillas, con las manos a la espalda, Rasta se bebía mis palabras. Yo veía sus ojos de bronce desorbitados, lacrimosos…
—Tu boca, Rasta, es como un cubo de basura dispuesto a engullir mis calientes meadas, mis mierdas…
Yo hablaba como una máquina programada. Rasta seguía postrado a mis pies, prosternado. Pedía más. Estaba colgado, como un muerto de hambre, de mis palabras, de mis gestos, del látigo. Todo le excitaba. Quería disfrutar, disfrutar hasta reventar, quería… Decía: «Al fin he encontrado a mi Ama, usted es el Ama…».
Yo estaba trastornada por ese masoquismo eléctrico. Poco a poco, los efectos de la turbación se invertían: «Las perras blancas sólo piensan en la polla gorda del negro».
Reconozco que Rasta poseía un sexo increíble. Antiguas fantasías me cruzaban por la mente: viajes en los que J. P. hacía que me violara un negro. Un black master. Ese día me contenté con el garañón, manteniendo el estereotipo de ama. Rasta se quedó en ayunas.
—Acércate, animal hediondo, gusano injodible —la verdad es que se hunden no bien les dices que son injodibles—. A ver, déjame tocar esa polla que las vuelve locas… ¡No parece nada del otro mundo! ¡Estoy segura de que eres incapaz de hacer que me corra!
¿Quién es? ¿Qué quiere? ¿Chantaje? ¿Intento de extorsión? ¿Me confunde con su pareja de baile? ¿Con su puta madre? Después de mirar cómo Rasta, impasible, me insultaba a gritos, de pronto me cansé. Le solté una de las bofetadas más sonoras de mi vida; se quedó mudo, una bomba histérica a punto de estallar.
—¡Desnúdate! —le dije.
Comenzó a desnudarse con torpeza.
—¡Más aprisa, perro negrata! Voy a partirte tu culo podrido. Y suelta la pasta, ahí, en el suelo, a mis pies. Alguna vez habrás hecho de gigoló, con tu gruesa polla, pero aquí sólo eres un puto maquillado que me trae lo que ha ganado callejeando, ¿entendido? De rodillas, y repite conmigo: «Soy su esclavo, su esclavo negro, y usted, ¡usted es la diosa blanca!». Sí, tú eres el negrito, trabajas para mí en la plantación, ¡y te azotaré si trabajas mal! Repite: «Soy sucio por naturaleza»…
Rasta repetía. Se le desorbitaban los ojos de placer.
—¿Te has visto la polla, Rasta? Es gorda, sí; podría servir… —me acerqué a su oreja vociferando—, ¡para encular a mis esclavos blancos! Voy a venderte a los esclavos blancos, Rasta. ¡Ah, te has atrevido a insultar a una diosa! Lo pagarás caro, larva hedionda, invertebrado, oruga de mierda, sub-raza reptante. No paraba de abofetearle, de escupirle a la cara, y a Rasta se le empinaba como un loco. Sin embargo, ni siquiera le había rozado el sexo. Tenía un cuerpo escultural; las gotas de sudor se deslizaban por su piel como perlas brillantes. De rodillas, con las manos a la espalda, Rasta se bebía mis palabras. Yo veía sus ojos de bronce desorbitados, lacrimosos…
—Tu boca, Rasta, es como un cubo de basura dispuesto a engullir mis calientes meadas, mis mierdas…
Yo hablaba como una máquina programada. Rasta seguía postrado a mis pies, prosternado. Pedía más. Estaba colgado, como un muerto de hambre, de mis palabras, de mis gestos, del látigo. Todo le excitaba. Quería disfrutar, disfrutar hasta reventar, quería… Decía: «Al fin he encontrado a mi Ama, usted es el Ama…».
Yo estaba trastornada por ese masoquismo eléctrico. Poco a poco, los efectos de la turbación se invertían: «Las perras blancas sólo piensan en la polla gorda del negro».
Reconozco que Rasta poseía un sexo increíble. Antiguas fantasías me cruzaban por la mente: viajes en los que J. P. hacía que me violara un negro. Un black master. Ese día me contenté con el garañón, manteniendo el estereotipo de ama. Rasta se quedó en ayunas.
—Acércate, animal hediondo, gusano injodible —la verdad es que se hunden no bien les dices que son injodibles—. A ver, déjame tocar esa polla que las vuelve locas… ¡No parece nada del otro mundo! ¡Estoy segura de que eres incapaz de hacer que me corra!
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